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LECTURA VERANIEGA: Odisea en la Tierra 2020

Borisislav Mecir, un desconocido cosmonauta de la Unión Soviética, partió hacia las estrellas el año 1960, cinco años después de que Yuri Gagarin hiciera su viaje pionero. A los pocos días de su despegue desde el mítico cosmódromo de Baikonur, se perdió toda comunicación con su vuelo, y hasta tal punto cundió el desánimo y el oscurantismo en torno al asunto, que fue totalmente suprimido de la memoria colectiva. Mecir nunca existió: se borraron sus señas particulares e incluso su familia fue trasladada a un lugar apartado de Ucrania, para acallar cualquier suspicacia y extrañeza en relación con el paradero del cosmonauta. Cincuenta años después de aquel suceso, informaciones en tiempo real enlazadas de diversas plataformas informativas aseguran que el viejo astronauta soviético habría retornado a la tierra en condiciones milagrosas y que al poco tiempo habría fallecido, no sin antes dejar testimonio manuscrito de su epopeya cósmica.

Para los expertos llama la atención los comentarios de este personaje que reflejan su estupefacción ante el progreso tecnológico feroz experimentado en cinco décadas. A continuación transcribimos algunas observaciones, que pueden pecar de pueriles pero comprensibles dada su ausencia y su falta de referencias temporales. “Juraría que he vuelto a la Tierra, pero los personajes que pululan por el planeta, pese a su apariencia humana, me son irreconocibles. No hablan entre sí cuando están juntos, pero no paran de comunicarse con sus congéneres a través de un interfono de diseño espectacular. Solo ven la vida a través de una pantallita de cinco pulgadas, a la que están permanentemente conectados. ¿Se han desterrado los libros de esta civilización?

¿Se han desterrado los libros de esta civilización?

La gente no lee el periódico ni rellena crucigramas. Me llama la atención que para saber si llueve no sacan el brazo por la ventana o miran a las nubes. Por el contrario a través de un programilla consultan los grados, el nivel de humedad y la probabilidad de que se produzcan precipitaciones. También me llama la atención la manera que tienen de abordar los problemas. Siempre hay alguien al otro lado de la red -a la que viven atados- que le aconseja de los pasos a seguir para resolver cualquier situación. Alguien antes vivió la experiencia. Con esa red mundial que llaman Internet no hay fronteras y las personas pueden expresar sus opiniones libremente, sin que sobre ellos caiga el severo castigo del Estado”. Otro de los aspectos que más sorprenden a este habitante del siglo XX es la obsesión por medir que invade a las personas. “La gente sale a correr y mide sus pulsaciones, los pasos que ejecuta, la tensión arterial, y los tiempos que realiza y las calorías que quema; y mediante un sistema analítico establece las coordenadas ideales para alcanzar mejores registros y optimizar su puesta a punto. Para ello utiliza gafas de sol y lujosos relojes computerizados, que dejan en pañales a mi equipación de cosmonauta”. En las últimas líneas de su diario, Borislav Mecir expresa su preocupación por los niños terrestres del futuro que define como “auténticos seres integrados con las máquinas. Piensan con ellas, sueñan con ellas, palpitan con ellas. Ellos no saben de caligrafías ni son capaces de concentrarse en materias de profundidad, pero son muy diestros manejando las interfaces y asimilando la innovación permanente. Siento cierto vértigo ante estos seres que no cultivan la memoria del pasado y que han desterrado sus creencias en pro de un ciego determinismo tecnológico”.

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