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Por qué las Big Tech suscitan tantos recelos

Repaso de por los incidentes más llamativos de 2021 en los que se han visto envueltas las famosas GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple).

 

Big Tech son dos palabras que reúnen en torno suyo diversos sentimientos: admiración e innovación, pero también dominio de mercado, prácticas no muy limpias y sobre todo mucho poder. Y el poder siempre hay que contrarrestarlo, porque las esferas de poder convencionales no pueden permitir que se les suban a las barbas advenedizos del siglo XXI que han llegado para tirar las fichas del tablero e imponer unas reglas de juego diferentes. Hablamos de las famosas GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple), empresas ambiciosas con gran potencial de crecimiento en el mercado, ejemplos de innovación, capaces de montar nuevos modelos de vida a los que se entrega de forma incondicional la mayoría. Empresas que un año más han tenido repercusión mediática por su alcance planetario y por lo controvertido de sus posiciones.

Los Archivos Facebook

La desinformación desenfrenada y el prolífico discurso del odio han sido factores disparadores este año, con Facebook como principal foco de atención. A la firma de Zuckerberg le salió un sarpullido interno en la persona de Frances Haugen, extrabajadora de la red social, que acusó a Facebook de dar prioridad a los beneficios sin reparar en los contenidos dañinos para la sociedad. Frances Haugen proporcionó miles de documentos internos de Facebook a legisladores y reguladores desde que dejó la compañía en mayo. Como jugada estratégica, filtró esos documentos al Wall Street Journal, que comenzó a publicar una serie de reportajes bajo el epígrafe de ‘Archivos de Facebook’.

Toda esta documentación probaría que la compañía ha engañado al público mientras que aseguraba progreso “significativo” contra la desinformación, el discurso de odio y la violencia. Un documento indica que la plataforma de redes sociales toma medidas sobre solo el 3-5% del odio y el 0,6% del contenido de violencia e incitación. Haugen testificó ante un subcomité del Senado de EEUU en una audiencia sobre la investigación de Facebook y el impacto de Instagram en la salud mental de los adolescentes.

En noviembre, la activista se personó ante el Parlamento de Bruselas coincidiendo con el debate de la nueva ley de servicios digitales (DSA), que trata de poner coto a las compañías digitales globales. Haugen pidió una “acción audaz” por parte de los legisladores para poner en cintura a estos gigantes globales.

Haugen testificó ante un subcomité del Senado de EEUU en una audiencia sobre la investigación de Facebook y el impacto de Instagram en la salud mental de los adolescentes

Las buenas noticias es que una vez se apruebe esta esperanzadora ley, las compañías digitales tendrán que proporcionar información a las autoridades sobre el funcionamiento de los algoritmos de inteligencia artificial que usan y deberán plegarse a auditorías externas independientes. La combativa Haugen animó en favor de una DSA “fuerte y de aplicación firme”, una normativa que deberá servir de inspiración para otros países, incluido Estados Unidos, a la hora de aplicar “nuevas reglas que salvaguarden las democracias y que permitan alinear futuro y tecnología”.

Monika Bickert, vicepresidenta de Política de Contenidos de Facebook, fue la encargada de replicar a Haugen: “Contrariamente a afirmaciones recientes sobre nuestra compañía, siempre hemos tenido el incentivo comercial para eliminar el contenido dañino de nuestra plataforma”.

Según Bickert, los discursos de odio solo representan el 0,05 % del contenido que ven los usuarios y afirmó que “la compañía elimina el 97 % de esa información antes de que alguien lo denuncie”. Según publican agencias, “la empresa destinó este año 5.000 millones de dólares a combatir los discursos de odio, con una plantilla de 40.000 personas destinadas a este objetivo”.

No se sabe si de cara a la galería, pero esta directiva que cumple diez años en Facebook aseguró que “la regulación gubernamental puede ayudar a establecer estándares que todas las empresas estarían obligadas a cumplir, permitiendo a las personas juzgar cómo las empresas hacen cumplir las reglas en sus plataformas”.

Proyecto Nimbus: en pie de guerra contra la nube militar

Otro conflicto reseñable tuvo que ver con el Proyecto Nimbus, un contrato valorado en 1.200 millones de dólares en virtud del cual Amazon y Google fueron seleccionados por el Ministerio de Finanzas de Israel con el fin de proporcionar servicios en la nube a las agencias militares y gubernamentales de aquel país. Se trataba de un esfuerzo local para construir sus propios servidores locales basados en cloud. El ministro de Finanzas aseguró que “permanecerán dentro de las fronteras de Israel bajo estrictas regulaciones de seguridad de datos supervisadas por las oficinas gubernamentales relevantes”.

En una carta abierta publicada en The Guardian en octubre pasado, un grupo de empleados anónimos de Amazon y Google se opusieron a la participación de sus compañías en el proyecto israelí y pidieron a los ejecutivos de los dos gigantes tecnológicos que detuvieran el trabajo en dicho proyecto. “Esta tecnología permite una mayor vigilancia y recopilación ilegal de datos sobre los palestinos, y facilita la expansión de los asentamientos ilegales de Israel en tierras palestinas. Este contrato se firmó la misma semana en la que el ejército israelí atacó a los palestinos en la Franja de Gaza, matando a casi 250 personas, incluidos más de 60 niños”, rezaba la carta.

Estos contratos son parte de un patrón inquietante de militarización, falta de transparencia y evitación de la supervisión

Párrafos más adelante el comunicado recrudecía su mensaje: “Hemos visto a Google y Amazon buscar agresivamente contratos con instituciones como el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (Ice) y los departamentos de policía estatales y locales. Estos contratos son parte de un patrón inquietante de militarización, falta de transparencia y evitación de la supervisión”. La carta, que firmaron más de 1.000 empleados, de Amazon mayoritariamente, se firmó con carácter anónimo “por temor a represalias”, aunque dos trabajadores judíos de Google revelaron su identidad apelando “a un sentido de intensa responsabilidad moral”.

Pese a la controversia suscitada, los trabajadores ‘objetores’ no tienen visos de ganar en su porfía; según los informes, el contrato incluye una cláusula que impide la retirada de ambos gigantes bajo la influencia de cualquier tipo de boicot. Google evitó hacer comentarios a preguntas de varios medios online.

La cosa viene de lejos

A finales de 2019, durante el mandato de Donald Trump, las Big Tech fueron llamadas a capítulo para declarar ante el Congreso de los EEUU. En un extenso documento de más de 300 páginas, el comité oficializó las críticas que vienen persiguiendo a los GAFA en los últimos tiempos y que se resumen en dos palabras: posición dominante.

Amazon es el principal Marketplace online del planeta. La firma de Bezos ya controla la mitad del comercio electrónico de Estados Unidos, con un mayor porcentaje en el segmento de los ebooks. El comité le acusó de prácticas comerciales poco éticas, dado que aprovechaba su poder sobre miles de vendedores pequeños para imponer unas condiciones que le favorecen descaradamente. En dicho informe también se le afeó la elusión de impuestos y el beneficio de ventajas fiscales.

Apple no necesita presentación por su predominio en el mercado de smartphones, en un mano a mano con la coreana Samsung. En 2020 comercializó unos 200 millones de móviles, con una cuota mundial del 19%, y con más de la mitad de la tarta estadounidense. Las críticas no van en esta dirección sino en las férreas condiciones que impone en su tienda de apps, App Store, y la presión que realiza sobre los desarrolladores (guerra contra Fornite de Epic o Spotify).

De Facebook se han vertido ríos de tinta sobre su posición dominante frente a Twitter, Pinterest o TikTok, pero el hecho se agrava con la circunstancia de que sus principales rivales no son estos tres citados, sino los masivamente utilizados WhatsApp, Instagram y Messenger, casualmente, propiedad de Mark Zuckerberg.

De Google, ya se sabe, se le acusa de haber abandonado su karma fundacional (Don`t be evil), para entregarse a una ambiciosa captación de cuota de mercado casi a cualquier precio. Su motor de búsqueda clasifica los resultados en función de su interés propio y no el de los usuarios. Ya no es un solo vendedor y agente de publicidad, sino que controla los navegadores, los sistemas operativos y las plataformas donde se distribuyen los anuncios digitales. Son notorias las multas que ha recibido el gigante en los últimos tiempos y la lucha de los países contra la ‘tasa Google’. La posición de Google según el comité no se limita únicamente a la web, sino que se extiende a todos sus productos y servicios, desde su sistema operativo Android a productos tan populares como Google Maps o Gmail.

Tras aquel momento de tumulto se especuló con el posible ‘troceado’ en pequeñas compañías, algo que no tiene visos de producirse al menos a medio plazo. El actual habitante de la Casablanca tiene aversión a todo lo que pueda sonar a monopolio y se le conoce la frase “Nunca he sido un gran fan de Zuckerberg”. Es evidente que urge una regulación de estos gigantes que ya hace tiempo que se despojaron de su careta de protectores y la opinión pública ya los ve con un cierto tinte de depredadores. n

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