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Un plan para reactivar la industria en España

Dijo Miguel Ángel que “no hay daño tan grande como el tiempo perdido”. Entre los candentes y cruciales debates que en España tenemos sobre la mesa, no debemos olvidarnos de uno necesario e inaplazable: el modelo de país que queremos para nuestras generaciones venideras.

Autor: Renato del Bino, Director General de la Fundación FUNDACIÓN I+E INNOVACIÓN ESPAÑA

El mundo está asistiendo a cambios fundamentales, que van a transformar los mercados, las empresas, los trabajos y hasta la forma de relacionarnos. En esa transformación -que incluso va más allá de lo digital- nos jugamos mucho más que nuestra salud macroeconómica coyuntural: estamos ante la oportunidad de incorporarnos, de una vez por todas, al grupo de las economías más avanzadas y sostenibles. Y no podemos permitirnos fracasar otra vez. Para aprovechar esta oportunidad, en España necesitamos un proyecto o plan estratégico de país. Que contemple políticas de Estado en materia de Innovación, Industria, Educación y Empleo. Que cuente con la participación y el consenso de todos los agentes sociales, políticos, empresariales… Y que se fije metas a corto y largo plazo. Las primeras, para acometer las reformas que son ineludibles, de acuerdo con los objetivos que nos marca Europa; las segundas, para sentar las bases del cambio de modelo económico y productivo que necesitamos, sin posibilidad de vuelta atrás. Uno de los ejes de este proyecto de país es la Industria. Hablamos del sector más activo en innovación. Las empresas industriales invierten en torno al 2% de su valor añadido bruto en I+D, frente a 0,2% que destinan la agricultura o la construcción. Por otro lado, es el más estable ante los ciclos económicos, el más permeable a las coyunturas y, por lo tanto, el que mejor cimenta las economías.

España, como el resto de los países europeos, entró a finales de siglo XX en un ciclo de desindustrialización, que a partir de 2008 se agudizó con la crisis. En medio siglo, el sector pasó de un 30 a un 18% del PIB -el 14,2% si descontamos el sector energético-. Pero hoy, con la citada transformación, asistimos a un renacimiento de la industria europea. La UE nos marca el objetivo de que la nuestra crezca hasta representar el 20% de nuestro PIB en 2020. Cumplirlo supondría la generación de cerca de un millón de nuevos empleos directos e indirectos, la mayoría de alta cualificación. Pero para conseguirlo, no basta con declararlo.

Las empresas industriales invierten en torno al 2% de su valor añadido bruto en I+D, frente a 0,2% que destinan la agricultura o la construcción

Necesitamos políticas concretas y decididas. En primer lugar, para incrementar nuestra inversión en I+D: la pública, pero esencialmente la privada, más efectiva en términos de generación de riqueza. Conseguir que su valor total supere el 2% del PIB y que más de dos tercios correspondan a inversión privada, en sintonía con los países más avanzados, nos permitiría aprovechar el impulso de la transformación y la digitalización, extender el uso de tecnologías clave, agilizar procesos y desarrollar productos más rápidamente y mejor adaptados al mercado. Para que nuestras empresas inviertan más en innovación, debemos facilitárselo. Y el tamaño importa. Las empresas de mayor volumen contribuyen en mayor medida al crecimiento y la estabilidad económica, gracias a su mayor productividad, a la menor volatilidad del empleo y por disfrutar de un mejor acceso a la financiación. Solo el 15% de nuestras empresas industriales tienen más de 10 empleados, frente al 38% de las alemanas. Si su tamaño medio se acercara a las de este país, o a las del Reino Unido, se estima que nuestro PIB sería un 15% mayor, se crearían nuevas empresas y se generarían 400.000 empleos.

Dos son los lastres que hoy encuentran, desde el punto de vista fiscal, las empresas españolas para crecer: facturar más de seis millones de euros y contar con más de 50 empleados. Eliminar dichas barreras les ayudaría a financiarse mejor, contar con más recursos y ser más competitivas. Por otro lado, sería recomendable aligerar la excesiva regulación que padecen: severas restricciones, tiempos dilatados, solapamiento de normas, descoordinación ministerial y, en definitiva, inseguridad jurídica. Todo ello se traduce en un efecto disuasorio a la hora de lanzarse a invertir e innovar. Con todo, no llegaremos lejos si no miramos la educación, que es la base de cualquier país innovador. La digitalización va a crear en España, en los próximos cinco años, más de un millón de empleos de índole tecnológica: analistas y programadores de Internet de las Cosas, científicos de datos, impresores 3D, ingenieros de nanorobots… La mayoría van a estar relacionados con la formación en materias STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). Debemos fomentar decididamente estas vocaciones entre nuestros jóvenes -y especialmente entre las niñas-, e invertir la tendencia que, lamentablemente, se observa en recientes estudios. Necesitamos, asimismo, alinear la investigación con las necesidades empresariales, generar más talento digital en las universidades y contemplar seriamente la formación dual como una alternativa viable y de futuro para estudiantes y empresas. En definitiva, necesitamos que la industria, la innovación, la educación y el empleo trabajen de forma coordinada, y no a través de políticas disociadas entre sí. En este proyecto para el país que queremos, las multinacionales con larga trayectoria en España e innegociable vocación innovadora, tenemos mucho que aportar. Como embajadores ante nuestras corporaciones y responsables del 35% de la inversión privada en I+D que se realiza en el país, tenemos la visión y a la vez el compromiso por nuestro carácter español. Pero ya dijo Henry Ford que “la visión sin ejecución es alucinación”. Actuemos, por nosotros no va a quedar.

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