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OPINIÓN: Confinamiento tecnológico

Con el estado de alarma, los ciudadanos nos hemos convertido en 'topos' obligados. Por Rufino Contreras.

Cuando era pequeñito, en la casa fa­miliar de un pueblo de Murcia, había una habitación que mi madre y sus hermanos llamaban ‘la cárcel’. Allí habitó de extranjis el tío abuelo Maxi, como un fantasma ausente de sí mismo, que se ocultaba de las garras de las autoridades. Mi bisabuela cuidaba con esmero de su hijo y evitaba cualquier signo que delatara su presencia. Eran tiempos de angustia. Eran tiempos de guerra civil, y la persecución ideológica resultaba atroz.

A los catorce años leí ‘Los Topos’, novela de Manuel Leguineche y Jesús Torbado, una colección de casos reales protagonizados por ‘seres prohibidos’ y proscritos de la realidad establecida por la dictadura de los vencedores, enterrados en vida en tabiques falsos o armarios camuflados. Algo que he revivido intensamente con ‘La trinchera infinita’, flamante premio Goya a la mejor actriz; un duro drama de resistencia y supervivencia. Y, cómo no, tendría que hablar del Diario de Ana Frank, que releí en formato de novela gráfica hace un par de meses y con el que no pude evitar un gélido estremecimiento. Y ahora millones de personas estamos confinadas en nuestros hogares, acechados por un enemigo diminuto e invisible, pero letal y mortífero. Millones de personas que tratan de recuperar su vida cotidiana sin que las duras noticias del exterior soca­ven sus esperanzas, acostumbrándose a una retaguardia donde no falten los artículos de primera necesidad, ni las exigencias digitales de estos tiempos.

Nos hemos convertido en seres cómodos y parásitos de un mundo marcado por un consumo feroz y un sistema productivo fagocitador de recursos naturales sin visos de futuro

Lo que para nuestros antecesores eran un trozo de pan y un trago de vino, es para nuestra sociedad actual todo un conjunto de necesidades mínimas: productos de higiene, televisión, acceso a Internet, smartphone, WhatsApp, redes sociales, tablets… Considero que hemos avanzado enormemente y no quisiera recuperar las angustias de la posguerra, pero también percibo que nos hemos convertido en seres cómodos y parásitos de un mundo marcado por un consumo feroz y un sistema productivo fagocitador de recursos naturales sin visos de futuro.

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