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El fin de los vientos de cola enfría el crecimiento económico en España

Por José Manuel Burgueño, Doctor en Ciencias de la Información.

Luis de Guindos, ministro de Economía con Mariano Rajoy y hoy número dos del Banco Central Europeo (BCE), nunca ocultó que los factores externos resultaron decisivos para que España comenzase a salir de la crisis, si bien le gustaba matizar que los denominados vientos de cola (tipos bajos, petróleo barato…) “juegan para todos”, pero España había sido capaz de aprovecharlos mejor que otros países y por eso la economía española crecía “prácticamente el doble que la zona euro”. Precisamente por eso, el cese de esos vientos de cola –o incluso su transformación en vientos de cara– puede ser tan preocupante como ventajoso fue en su día que se levantaran.

Si 2017 estuvo claramente atravesado por el órdago independentista catalán, ha sido el cambio inopinado de Gobierno lo que ha marcado el año que acaba de concluir. Una moción de censura promovida a raíz de la sentencia del caso Gürtel desalojó el día 1 de junio (apenas una semana después de sacar adelante los Presupuestos Generales) a Mariano Rajoy de La Moncloa. Días antes de lograr el poder, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, había anunciado que aspiraba a formar un gobierno “de transición” y “convocar elecciones cuanto antes, por supuesto; pero antes de eso habrá que recuperar la normalidad política e institucional, atender las urgencias sociales y abordar una tarea de regeneración democrática”. Algo que obviamente debe entender que no se ha logrado, ya que todo apunta a que su intención es agotar la legislatura.

Justamente son los Presupuestos (PGE) uno de sus mayores escollos para llegar a 2020. Aunque Sánchez puede presumir, como hizo tras la cumbre hispano portuguesa celebrada en Valladolid en noviembre, de que “España seguirá liderando el crecimiento de la zona euro”, lo que resulta más difícil es ignorar las advertencias de los organismos internacionales sobre su proyecto de PGE, o la casi nula probabilidad de que el Congreso pueda finalmente aprobarlo, dada su falta de apoyos. ¿Y habría elecciones sin presupuestos? Los expertos vaticinan que no podría acabar 2019 sin elecciones, pero ya nadie se atrevería a apostarse ni un café.

En todo caso, la Comisión Europea cree que el Gobierno socialista ha sobrevalorado sus previsiones de crecimiento económico para España y sus técnicos han puesto sobre la mesa cuatro problemas que han detectado en las cuentas generales de Sánchez: en primer lugar, no ven clara la puesta en marcha de los nuevos impuestos a las grandes empresas digitales o la tasa a las transacciones financieras, cuyo impacto estaría de todas formas muy inflado: entre un 20% y un 50%. España no solo ingresará menos de lo que ha comunicado, sino que gastará más: las medidas recaudatorias pretenden aportar un 0,6% del PIB a las arcas -según los cálculos de la Comisión sería en realidad solo un 0,4%–, para compensar un aumento del gasto de un 0,2% (un 0,3% para Bruselas), con un impacto neto favorable de cuatro décimas (solo una, según las cuentas de la CE).

En segundo lugar, Bruselas cree que la subida del salario mínimo (SMI) a 1.000 euros tendrá un coste en términos de empleo de al menos 70.000 puestos de trabajo que no se crearán (algo que desde el Gobierno empezaban a reconocer a final de año). En tercer lugar, se apunta a que el borrador incluye medidas que no han sido legisladas -especialmente por el lado de los ingresos-, y que difícilmente podrían serlo. Y, por último, expresan serias dudas de que el Parlamento español llegue a aprobar el texto (y si lo hiciera, dicen, el documento final se parecería poco al presentado a la CE).

Signos de desaceleración

Lo cierto es que no solo la Comisión Europea, también la OCDE y el FMI, han detectado ya signos de desaceleración y empeorado en los últimos meses sus previsiones de crecimiento para España. El primero en hacerlo fue la organización con sede en París, que rebajó su estimación de crecimiento para 2018 al 2,6%, y al 2,2% para 2019. Luego Bruselas, que en julio ya había recortado una décima, hasta el 2,8%, y en otoño dejó su previsión para 2018 en el 2,6%, y también el 2,2% para el año siguiente. Y finalmente el Fondo Monetario Internacional, que ya había revisado a la baja su expectativa en octubre, dejó en el 2,5% el crecimiento español en 2018 (rebajando dos décimas en dos meses) y coincidió con la OCDE y la CE en su perspectiva a un año vista. Es cierto que las previsiones de las dos primeras para 2018 estaban alineadas con las del Gobierno (que también rebajó una décima en otoño); no así las de 2019.

Según la Comisión, la causa principal de la desaceleración de la economía española sería el descenso en el consumo interior y el incremento del ahorro privado, posiblemente azuzado por un aumento de la incertidumbre política y económica. Sin embargo, la ministra de Economía, Nadia Calviño, tratando de suavizar las señales de alarma, achaca la “moderación” al exterior: fenómenos como el Brexit; el cambio de timón de la política monetaria en Estados Unidos, incluyendo los nuevos aranceles aprobados por Donald Trump, y su guerra comercial con China o Europa; la ralentización de los mercados internacionales; el alza del petróleo; o las tensiones financieras en algunos países emergentes. En definitiva, que solo faltan las ya auguradas subidas de tipos en 2019 (o como muy tarde 2020) para que dejen definitivamente de soplar los que se conocen como vientos de cola y se levanten los vientos de cara.

Adiós al petróleo barato, al programa del BCE de compra de deuda y a la congelación de tipos

Es verdad que, de no producirse bandazos bruscos, España seguirá estando entre los países que crecen por encima de la media europea, y de entre los grandes será el que más crezca. Creceremos más que Alemania (1,7% en 2018 y 1,8% este año); Francia (1,7% y 1,6%, respectivamente); y con gran diferencia más que Italia (1,1% y 1,2%), que se ha convertido en el foco de inquietud para Bruselas desde que hubo que rechazar frontalmente sus presupuestos y Roma no dio signos de darse por enterada. Como decía en noviembre un funcionario europeo, “Italia es hoy el mayor peligro para la gobernanza europea, para la estabilidad financiera y para el euro”.

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