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Una historia de la 1ª revolución industrial con moraleja

Por Miguel María Latasa Alzuri, economista.

Mi bisabuelo por línea paterna era una persona muy emprendedora, pero como se verá algo tozuda. Nació en un pequeño pueblo de la Comarca del Bidasoa, en Navarra, y desde allí desarrolló con éxito, entre otras actividades, la del transporte de mercancías de la Ribera de Navarra (vino, aceite, y otros productos no perecederos) a la mencionada Comarca, llegando hasta San Sebastián. Con seguridad que traía también productos llegados por barco al puerto de Pasajes, aunque esto no está confirmado.

¿Procedimiento? El usual hasta mediados del siglo XIX: carretas (galeras) de gran tamaño arrastradas por mulas, y en ocasiones ‘ayudadas’ por vacas de los caseríos vecinos. Hacia San Sebastián no había grandes obstáculos salvo alguna crecida del río Bidasoa, pero hacia Pamplona se interponía el duro puerto de  Belate, que aunque no de mucha altura tiene unas rampas muy duras y muy frecuentemente: fuertes lluvias, nieblas y nevadas que hacen todavía hoy difícil su paso, (por eso se han construido dos túneles).  En esta ruta desde los últimos caseríos había varias ventas preparadas para alojar a las personas, los animales y los propios carromatos (entraban en zonas cerradas de puertas muy altas y salían generalmente de frente por el lado contrario).

Este era el negocio, la logística y digamos ‘la tecnología’. Muy apropiada a las duras circunstancias. Nadie pensaba en cambiar, salvo lo productos, y quizás adaptarse también al tráfico de pasajeros, pero llegó la llamada Primera Revolución Industrial, la del motor  de explosión y la bomba a vapor, y comenzaron a aparecer también carromatos con motor de explosión y barcos  a vapor. Esto último transformó la navegación, que ya no dependía de los vientos y corrientes; pero en tierra y por caminos, los mismos, la duda de quién vencería pudo ser razonable al menos en un principio.

Aquí surgió la tozudez y el azar, porque, típico de la zona, surgió el reto, el desafío con apuesta económica incluida seguramente. No conozco los detalles y el ‘ruido’ de lo que realmente pasó se conservó en la familia seguramente novelado.

Hubo una apuesta de quien llegaba antes, con la misma carga, y el mismo punto de arranque y llegada en Pamplona. El resultado: ganó por amplio margen (seguramente de días) mi bisabuelo con su galera. El vehículo de motor se averió con frecuencia y sin piezas de  repuesto no pudo alcanzar la meta o la alcanzó con mucho retraso.

Y ahora viene la moraleja: mi abuelo siguió con el negocio tal cual, y… se arruinó.

Hoy en lo que llamamos Cuarta Revolución Industrial, los modelos de negocio han de transformarse también, o… morir.

¿En qué estoy pensando? No hay que ser muy adivino: en el conflicto del Taxi, gremio que por cierto me cae muy bien. A mi bisabuelo, aunque no le conocí también le quiero mucho, pero lo hubiera preferido menos cabezota.

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