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OPINIÓN: Padezco el síndrome de Copenhague

Dinamarca es un país que nos marca por dónde avanzar hacia el futuro. No lo perdamos de vista.

Incinerador de basuras ecológico de Copenhague.
Incinerador de basuras ecológico de Copenhague.

Vengo de realizar un viaje al futuro, menos espectacular  que el de Michael J. Fox, pero que me ha hecho reflexionar. Es  un país en cuyos hoteles (al menos el mío) no gastan botellitas de jabón ni  champú, ni regalan cepillos dentales (tus dientes sucios, pero el mar limpio,  argumentan). El minibar brilla por su ausencia y un cartel te anima a que  bebas agua del grifo en grandes cantidades. No arreglan tu habitación hasta  el cuarto día de estancia y la cama está compuesta por un simple canapé  con muelles, un fino colchón y una funda nórdica. Las bicis y los patinetes  son las reinas de las calles, no paran a tu paso, lo cual es un sobresalto  permanente para los turistas catetos -es mi caso- que todavía creen en la  hegemonía del automóvil. No se percibe estrés circulatorio y todo fluye  tranquilo; las construcciones se integran con el ambiente y la tecnología  subyace con armonía.

Un país donde la palabra corrupción no la alberga  el diccionario, los ciudadanos destinan el 50% de sus ingresos a impuestos  y los estudiantes reciben un salario por estudiar

Un ejemplo admirable es un edificio donde queman  basuras, el menos contaminante del mundo, pues en vez de negro humo  su chimenea desprende vapor de agua, gracias a un sistema sofisticado de  cremación. En ese mismo edificio de 86 metros de altura, hay una pista  de esquí y se aprovecha para todo tipo de ocio, acoge un restaurante  panorámico y un rocódromo. Durante el European Leadership Campus  celebrado en la capital de Dinamarca, el CEO de Konica Minolta, Sohei Yamana, aseguró que el objetivo de su compañía es seguir los pasos de esta nación ejemplo de innovación y sostenibilidad, con una visión centrada en el diseño y la tecnología.

Un país donde la palabra corrupción no la alberga  el diccionario, los ciudadanos destinan el 50% de sus ingresos a impuestos  y los estudiantes reciben un salario por estudiar. Un país, en definitiva, que  no aspira a amontonar riquezas sino a repartirlas, donde grandes empresas  como Calbergs o Maersk favorecen la construcción de edificios emblemáticos  como el museo Glyptoteca o la Opera, respectivamente, para uso y  disfrute de los ciudadanos. Muchos pensaréis que sufro el síndrome de Estocolmo,  pero en este caso, para ser verídicos, es el de Copenhague. Espero  que esto no sea un mero espejismo de un futuro soñado. 

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