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Energía de fusión para una IA sostenible
La inteligencia artificial se ha convertido en el motor de la nueva economía digital. Desde los modelos generativos hasta la automatización industrial, pasando por la nube, los gemelos digitales o la robótica, todo apunta a un futuro hiperconectado y profundamente electrificado. Sin embargo, hay una pregunta que vuela por el aire y que todavía no ocupa suficiente espacio en el debate público: ¿de dónde saldrá la energía necesaria para sostener este crecimiento de forma fiable, limpia y estratégica?
Los datos son contundentes. La Agencia Internacional de la Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría duplicarse antes de 2030, impulsado principalmente por la expansión de la IA y la computación en la nube. Pero esa es solo la punta del iceberg. La digitalización masiva del resto de la economía, la industria, los hogares y la sociedad, añadirá una presión aún mayor sobre los sistemas energéticos. De aquí a 2035, los centros de datos consumirán unos 1.000 teravatios-hora (TWh) adicionales, pero la industria necesitará 4.300 más; el sector residencial, 1.900; el transporte, una cifra similar; y el comercio y los servicios públicos, otros 1.600. En conjunto, según Rystad Energy, la demanda mundial de energía aumentará casi un tercio en apenas una década.

El Gobierno de EE. UU. cambió a finales de 2025 su postura sobre el desarrollo de la tecnología de fusión, pasando a considerarla una cuestión de seguridad nacional y competitividad estadounidense, en lugar de una simple oportunidad comercial y una vía para obtener energía renovable en abundancia
MILENA ROVEDA, GAUSS FUSION
Este escenario exige algo más que compromisos internacionales y buenas intenciones climáticas. Requiere de un sistema energético robusto, flexible e inteligente, capaz de proporcionar estabilidad a la carga base sin depender de factores geopolíticos, de quien gobierne en cada país o de la intermitencia de las energías renovables clásicas.
Una fuente verde e ilimitada
Si en los últimos años las empresas, especialmente las de tecnología, no dejan de lanzar mensajes y compromisos sobre dejar un impacto positivo en el planeta, lo lógico es que la fuente de alimentación de toda esa industria también sea una fuente verde y prácticamente ilimitada. Pero, sobre todo, una fuente capaz de ofrecer estabilidad y seguridad a largo plazo. Y ahí es donde la energía de fusión hace tiempo que ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en una necesidad estratégica para Europa.
De hecho, las grandes tecnológicas ya lo han entendido así: Google, Microsoft, Oracle, Amazon, OpenAI… e incluso Bill Gates o los anuncios de estos días en el CES de Las Vegas en los que hemos visto a compañías tecnológicas sumándose o invirtiendo en proyectos de fusión. Una energía que empieza a percibirse como una pieza clave para sostener la economía digital de la IA. Muestra de ello es que la inversión privada global en la industria de la fusión ha superado los 10.000 millones de dólares, con Estados Unidos a la cabeza. No se trata solo de responsabilidad ambiental, sino de asegurar el suministro energético que hará posible la próxima ola de innovación.
Las cifras del último observatorio de F4E Fusion son reveladoras. Entre junio y septiembre de 2025, la financiación acumulada en empresas privadas de fusión pasó de 9.900 a 13.000 millones de euros, más de ocho veces lo invertido en 2020. El ecosistema privado nunca había sido tan grande: 77 empresas identificadas, con Estados Unidos liderando con el 53 % de la financiación mundial, seguido por China con un 34 %, impulsado en gran medida por iniciativas estatales. El resultado es un panorama claramente bipolar que debería encender todas las alarmas en Europa si no quiere perder su independencia energética.
Independencia tecnológica
Porque la fusión no es solo una cuestión tecnológica o económica; es una cuestión de defensa e independencia energética. El Gobierno de EE. UU. cambió a finales de 2025 su postura sobre el desarrollo de la tecnología de fusión, pasando a considerarla una cuestión de seguridad nacional y competitividad estadounidense, en lugar de una simple oportunidad comercial y una vía para obtener energía renovable en abundancia.
Europa no está en condiciones de repetir el error cometido con los semiconductores o con la propia IA, donde ha quedado relegada frente a la hegemonía estadounidense y china. En un contexto de creciente tensión geopolítica y de rearme europeo, depender de combustibles fósiles importados —como el gas ruso— es una vulnerabilidad estratégica.
La fusión ofrece una alternativa radical: una fuente de energía ilimitada, segura, fiable y libre de emisiones. No es casualidad ese cambio de visión de Estados Unidos. No tiene sentido que Europa quiera invertir miles de millones en defensa si la potencia energética del continente depende de terceros países. Sistemas como el futuro muro de drones o las infraestructuras digitales críticas necesitarán una fuente energética fiable que garantice soberanía y continuidad operativa.
Además, la fusión no sólo alimentará la economía digital; también puede convertirse en un potente motor de innovación y atracción de talento. Una nueva oportunidad de industrialización y crecimiento económico como ya ocurrió a mediados del siglo XVIII. Según las distintas estimaciones, el mercado mundial de la energía de fusión puede llegar a mover unos 100.000 millones de dólares este año y crecer exponencialmente hasta superar los 611.000 millones en 2034. Una industria que ya generaba cerca de 4.000 empleos directos y casi 6.000 indirectos en 2024 podría emplear a más de un millón de personas en 2040, con un efecto multiplicador claro: por cada empleo en fusión se crearían dos adicionales en el resto de la economía.
Oportunidad para Europa
Europa tiene aquí una oportunidad histórica para volver a ser atractiva para los jóvenes, frenar la fuga de talento e impulsar la reconversión profesional hacia sectores de alto valor añadido. La fusión puede ser el eje alrededor del cual se articule una nueva narrativa de progreso industrial, científico y social.
La cuenta atrás, de hecho, ya ha comenzado. El apagón de abril en España evidenció la necesidad de contar con fuentes de energía capaces de proporcionar carga base estable a la red. Por muy bien que funcionen la energía solar y eólica en España, no son suficientes para garantizar la estabilidad y la fiabilidad que demanda un mundo conectado. La fusión, además de ser verde y libre de emisiones, puede impulsar la producción de hidrógeno verde o suministrar calor industrial a las ciudades. Todo ello con ventajas clave: no provoca reacciones en cadena, puede ubicarse cerca de núcleos urbanos y no genera residuos radiactivos de larga duración, lo que hace que estos materiales activados por neutrones durante el proceso de fusión puedan reutilizarse a largo plazo.
En este contexto, hitos como el presentado por Gauss Fusion —cofundada por la española IDOM— marcan un antes y un después. Su primer diseño de una central de fusión comercial, un documento de más de mil páginas demuestra que el salto de la investigación a la industrialización está en marcha. Y el reciente mapa europeo de potenciales emplazamientos de centrales de fusión, desarrollado junto a la universidad técnica de Múnich (TUM), confirma que España tiene mucho que decir en esta nueva era energética. La fusión hace tiempo que dejó de ser una promesa lejana de ciencia ficción. Es necesario tomar ya es una decisión política, industrial y estratégica si queremos una economía digital basada en la IA verdaderamente sostenible, soberana y al servicio del progreso. Es hora de que Europa vuelva a cooperar y apueste por un modelo de éxito para crear una especie de Eurofighter de la energía de fusión. Es responsabilidad de todos decidir hoy, lo que queremos para el mañana.









