OPINIÓN

“¿A quién vas a creer a un algoritmo o a tus propios ojos?”



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Corremos el riesgo de entregar sin condiciones a la IA nuestra capacidad de discernir sobre diversos aspectos de nuestra vida laboral y personal

Publicado el 7 abr 2026

Rufino Contreras

Redactor Jefe



ojo gran hermano

El siglo XX fue una centuria habitada por grandes empresas patriarcales. Un caso ilustrativo es el legendario Gigante Azul (léase IBM), cuyo fundador Thomas Watson fue el artífice de la grandeza de esta multinacional, hasta tal punto que fue relevado por su hijo. Eran empresas cuasi militarizadas. La jerarquía vertical era su distintivo, los escalones inferiores tenían que obedecer a sus superiores con poca capacidad de respuesta. La razón y el conocimiento se acaparaba en los órganos de poder. Con la explosión de las TIC toda esta estructura se desmoronó, las empresas dejaron de ser monolíticas, las pirámides se convirtieron en mastabas, achatándose y dando entrada a más voces participativas. Ahora se habla de colaboración y soft skills (adiós a las hard skills con resonancias casi bélicas), porque la innovación ya no es un coto cerrado y ya se negocia con la competencia. Boomers y millennials son más demócratas y sumisos, ya no son capaces de imponer, solo de razonar y esperar que sus hijos se plieguen a sus argumentos, lo cual no es fácil porque las redes sociales e Internet global aportan nuevos modelos de conducta y de vida más sugerentes. Con la inteligencia artificial se está produciendo un fenómeno curioso, la autoridad se está trasladando al algoritmo, la gente corre el peligro de echarse en brazos de la IA sometiendo su criterio a unos dictados que no sabes por dónde te salen y de qué sesgos se sustentan. Ya hay casos de suicidios inducidos, enamoramientos que podrían parecer absurdos, y adicciones a estas herramientas aparentemente inofensivas. Las personas consultan cualquier cosa de su vida a esta herramienta, otorgándole su aquiescencia sin prejucicios ni valoraciones previas, dádole valor de tutor moral y emocional. Al final corremos el riesgo de entregarnos sin condiciones a la IA y terminar acatando el popular chiste de Groucho Marx: “¿A quién vas a creer, a mí (un algoritmo) o a tus propios ojos?”. Pero en esta ocasión, ya no me parece tan gracioso el chiste.

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