Los robots ya no son cosa del futuro ni de una distopía cinematográfica. Están entre nosotros y han llegado a, prácticamente, todos los niveles de la vida, no solo profesional, sino personal de los humanos en ámbitos como la asistencia o la salud mental. En este contexto, en el que la inteligencia artificial está escalando a todos los niveles de la vida social y laboral, la formación de talento especializado en IA y una visión humanista del uso de esta tecnología están empezando a ser imprescindibles para el desarrollo profesional, económico y personal de la sociedad. Profundizamos en estas cuestiones con Isidro Fernández, Director del Grado en Robótica Centrada en las Personas de UDIT.
Según la International Federation of Robotics, ya se venden más de 20 millones de robots de servicio al año en el mundo. ¿Qué nos dice esta cifra sobre el grado real de integración de la robótica en la vida cotidiana, más allá de la industria?
Esta cifra confirma que la robótica ya no es solo una tecnología industrial, está entrando en hogares, hospitales, logística, educación y cuidados. Pero también nos dice algo importante: la integración cotidiana empieza por tareas muy concretas, como limpieza, asistencia o movilidad.
El siguiente salto no será solo vender más robots, sino conseguir que convivan mejor con las personas, entiendan contextos reales y aporten valor sin generar fricción
Pasamos de robots industriales a robots de servicio y ahora hacia robots centrados en las personas. ¿Qué cambia realmente en el diseño cuando el usuario deja de ser una máquina y pasa a ser una persona con necesidades emocionales y sociales?
Cambia prácticamente todo. En la robótica industrial el entorno está controlado y el usuario suele ser otro sistema técnico. Cuando el usuario es una persona, el diseño debe incorporar seguridad, confianza, ergonomía, accesibilidad, comunicación, privacidad y factores emocionales. Ya no basta con que el robot sea preciso, debe ser comprensible, predecible y respetuoso con quien interactúa con él.
Ya no basta con que el robot sea preciso, debe ser comprensible, predecible y respetuoso con quien interactúa con él
Se habla cada vez más de “IA emocional” como la próxima gran revolución. ¿Hasta qué punto es realista que un robot pueda detectar, interpretar y responder a emociones humanas de forma fiable sin caer en simplificaciones?
La IA emocional tiene mucho potencial, pero hay que ser prudentes. Un robot puede detectar señales asociadas a estados emocionales (voz, gestos, postura, ritmo de interacción), pero interpretar emociones humanas de forma fiable es mucho más complejo.
Las emociones dependen del contexto, la cultura, la personalidad y la situación. El reto es evitar que el sistema “sobresimplifique” a la persona y confunda correlaciones con comprensión real.
En ese contexto, ¿qué riesgos éticos y sociales plantea la interacción cada vez más natural entre humanos y robots, especialmente en ámbitos como la asistencia a mayores o la salud mental?
El principal riesgo es que una interacción natural genere una confianza excesiva. En mayores o salud mental, un robot puede acompañar, monitorizar o facilitar rutinas, pero no debe simular capacidades humanas que no tiene ni sustituir el criterio de un profesional.
También pueden aparecer riesgos de privacidad, dependencia emocional, o incluso pérdida de autonomía. Por eso necesitamos que el diseño de los robots sea transparente y tenga límites claros.
Uno de los grandes retos que se plantean es combatir la soledad no deseada mediante robots sociales. ¿Puede la tecnología complementar las relaciones humanas sin sustituirlas o existe un límite claro que no deberíamos cruzar?
La tecnología puede complementar relaciones humanas, especialmente cuando ayuda a mantener rutinas, estimular conversación, detectar alertas o conectar con familiares y cuidadores. Pero el límite está en presentarla como sustituto afectivo.
Un robot social puede acompañar, pero no reemplazar la empatía y la responsabilidad de una relación humana. Debe ser un puente hacia más vínculo humano, no una coartada para reducirlo o eliminarlo.
Eurostat advierte de que Europa necesita duplicar sus especialistas tecnológicos en la próxima década para mantener su competitividad. ¿Estamos formando el talento adecuado para ese escenario o seguimos centrados en perfiles demasiado tradicionales?
Estamos avanzando, pero todavía arrastramos una visión demasiado estrecha del talento tecnológico. Europa no solo necesita más programadores o ingenieros clásicos; necesita perfiles híbridos capaces de integrar IA, robótica, datos, diseño, ética, psicología... La competitividad dependerá de formar profesionales que sepan construir tecnología útil, segura y socialmente aceptable.
Desde la perspectiva académica, ¿qué competencias deberían priorizarse en un grado como el de Robótica Centrada en las Personas?
En un grado de Robótica Centrada en las Personas priorizaría cuatro grandes competencias. Primero: una base técnica sólida, con competencias de programación, electrónica, mecánica, control, IA y percepción. Segundo: diseño centrado en el usuario e interacción humano-robot. Tercero: ética, privacidad, seguridad y regulación. Y cuarto: capacidad interdisciplinar, es decir, saber trabajar con médicos, psicólogos, diseñadores, educadores o expertos en cuidados.
La próxima generación de robots no se diseñará solo desde el laboratorio, sino desde la realidad de las personas. Desde UDIT son los pasos que queremos seguir.



