- Shock energético: petróleo y gas disparados → impacto transversal en costes TIC.
- Prima geopolítica: la incertidumbre encarece toda la cadena (energía, logística, chips).
- Cloud más caro: electricidad + sistemas de respaldo elevan costes operativos.
- IA agrava consumo: centros de datos demandan cada vez más energía.
- Riesgo en infraestructuras: ataques físicos y presión indirecta sobre data centers.
- Semiconductores en jaque: posible crisis de suministro global.
- Productos afectados: servidores, chips IA, telecom, smartphones premium, storage.
- Europa vulnerable: alta dependencia energética y riesgo de retraso en IA.
- Estrategia UE: foco en regulación, IA industrial y soberanía tecnológica.
- Ciberguerra activa: espionaje, sabotaje limitado, propaganda y hacktivismo creciente.
Bombardeos ‘quirúrgicos’ arrasando los centros de poder iraníes, edificios en ruinas y refinerías incendiadas; misiles volando a diestro y siniestro rompiendo defensas y sistemas de detección; infraestructuras nucleares en jaque… el planeta con un nudo en la garganta y el petróleo, la sangre de la economía mundial, bloqueado en Ormuz…
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Impacto de la guerra de Irán en el sector TIC
Este escenario apocalíptico se ha convertido en un efecto mariposa multiplicador que proyecta su sombra ominosa sobre todos los sectores de actividad. Y muy especialmente el sector tecnológico se ha visto golpeado por diversos frentes: impactos de drones en centros de datos, las big tech colocadas en el disparadero por los iraníes, o una ciberguerra acentuada con un espionaje letal por parte de las fuerzas israelíes.

En este estado de cosas, Computing se ha puesto en contacto con José Antonio Cano, Socio Estrategia e Innovación | Sector Público, Ecosistemas de Innovación y Transferencia de Tecnología de Crowe, para arrojar luz por encima de este paisaje de devastación y sus consecuencias en la industria TI.
¿Cómo se traslada esta volatilidad energética a la economía digital?
Para Cano, “el encarecimiento del petróleo y del gas impacta de forma transversal en toda la cadena de valor tecnológica”, afirma, tocando tres aspectos. Primero, el coste energético: en muchos mercados, el gas sigue marcando el precio marginal de la electricidad, lo que implica una traslación directa a la factura eléctrica de empresas tecnológicas. Segundo, la logística: el aumento del precio del combustible eleva los costes del transporte —terrestre, marítimo— y, de forma menos visible pero igualmente crítica, los seguros asociados. Tercero, la producción: “fabricar semiconductores, ensamblar equipos, operar plantas industriales… todo requiere energía intensiva”.
Los segmentos más sensibles son aquellos intensivos en chips avanzados: servidores, aceleradores de inteligencia artificial, equipamiento de telecomunicaciones, smartphones de alta gama, y almacenamiento
La idea clave, sin embargo, no es el precio en sí, sino su componente geopolítico. “No es solo el barril —advierte Cano—, es la prima de riesgo geopolítico que se traslada a toda la cadena: energía, fletes, aprovisionamiento”. Es decir, el mercado no reacciona únicamente a la oferta y la demanda, sino a la incertidumbre.
¿Esto puede traducirse en una inyección directa de inflación en el mundo cloud?
Cano introduce aquí una doble presión: por un lado, el aumento del coste eléctrico, que constituye una de las principales partidas operativas de los centros de datos; por otro, el encarecimiento del combustible necesario para los sistemas de respaldo, imprescindibles para garantizar la continuidad del servicio.
A esta presión coyuntural se suma una tendencia estructural: el crecimiento exponencial del consumo energético asociado a la inteligencia artificial. “El consumo eléctrico de los centros de datos seguirá creciendo con fuerza”, señala el experto, aludiendo a previsiones de organismos como la Agencia Internacional de la Energía. En paralelo, instituciones como Uptime Institute llevan tiempo alertando de una mayor dependencia de sistemas de respaldo en contextos de alto requerimiento energético.
El resultado es un escenario en el que no solo se reducen márgenes, sino que se comprometen decisiones estratégicas: “se encarecen las nuevas regiones cloud y los proyectos intensivos en capacidad de procesamiento”.
La conversación se desplaza entonces hacia los efectos visibles del conflicto en Oriente Medio. En relación con incidencias en centros de datos de grandes proveedores AWS, Microsoft… Cano interpreta estos episodios como parte de una lógica de presión indirecta: “si puedes tensionar el precio del petróleo hasta niveles extremos, condicionas el conjunto del sistema económico global”. Irán buscaría amplificar la inestabilidad regional afectando a nodos tecnológicos clave como Baréin o Emiratos Árabes Unidos.
¿Qué productos se van a ver más impactados?
Los sectores más afectados desembocan en un punto neurálgico: los semiconductores. Cano establece un paralelismo con la crisis de suministro posterior a la pandemia: “podemos volver a una situación similar”. Los segmentos más sensibles son aquellos intensivos en chips avanzados: servidores, aceleradores de inteligencia artificial, equipamiento de telecomunicaciones, smartphones de alta gama y almacenamiento. Pero el impacto no se limita al producto final: también alcanza a países clave en la cadena de valor, como Corea del Sur en fabricación o Qatar en el suministro de helio.
¿Qué pasa con Europa?
La geografía del impacto no es homogénea. Cano distingue entre regiones según su mix energético. Europa aparece especialmente expuesta: “depende en gran medida del gas natural licuado”, que representa cerca de la mitad de sus importaciones energéticas. Asia, con grandes economías importadoras como Japón, Corea del Sur o India, comparte vulnerabilidades similares. Incluso Estados Unidos, pese a su autosuficiencia relativa, no queda aislado: “un shock global de precios afecta a todos los mercados”.
Es harto sabido, que Europa corre el riesgo de quedar relegada a un papel secundario en la carrera de la inteligencia artificial, limitada a la regulación mientras Estados Unidos y China lideran la innovación.
Cano sugiere al respecto que “Europa no está en posición de competir de tú a tú en desarrollo con Estados Unidos o China, y sería un error intentarlo en esos términos”. En cambio, propone una redefinición del liderazgo: “Europa puede ser decisiva en regulación, en establecer estándares globales de seguridad y confianza”.
En este sentido, identifica dos vectores estratégicos para Europa. El primero, la inteligencia artificial industrial: aplicada a procesos productivos, donde compañías como Siemens, Airbus o SAP pueden desempeñar un papel relevante. El segundo, la soberanía tecnológica: iniciativas orientadas a reducir la dependencia en infraestructuras críticas, desde chips hasta plataformas cloud.
La incertidumbre, sin embargo, sigue siendo la variable dominante. “Todo dependerá de la duración del conflicto”, concluye Cano. Si es breve, el impacto se limitará a tensiones puntuales en costes y disponibilidad. Si se prolonga, las consecuencias serán más profundas: disrupciones en la cadena de suministro, encarecimiento generalizado, presión inflacionaria. “Por nuestro bien —concluye Cano—, esperemos que esto pare”. Pero a fecha de hoy no se atisba un final del conflicto: y las ondas expansivas ya están en marcha.
La ciberguerra entra en acción
Este no sería un dossier completo de la guerra y el sector TIC si no se aborda el espinoso asunto del ciberespionaje y, la propaganda, todo ello como un complemento y un facilitador en muchos casos de los ataques físicos. Ya lo dijo Obak Obama, la ciberseguridad es el cuarto escenario de guerra, comparable a los dominios tradicionales de tierra, mar y aire. Para conocer lo que se cuece en ‘las hostilidades invisibles’ , Computing ha contactado con Josep Albors, responsable de Investigación y Concienciación de ESET España.

¿Estamos asistiendo a una ciberguerra menos intensiva que la que se produjo al inicio de la guerra de Ucrania?
Josep Albors responde con cautela, señalando que lo que se ha visto hasta ahora está lejos de la escala de operaciones cibernéticas que se observaron en Ucrania, cuando el mundo hacker occidental se puso en armas contra el Kremlin. En el caso estadounidense, el experto menciona el eficaz ataque cuyo objetivo habría sido “cegar las comunicaciones y sensores de Irán” para impedir que detectaran de forma prematura la ofensiva aérea. De ese modo, “los sistemas iraníes no pudieron identificar a tiempo ni el origen ni la trayectoria de los misiles y aeronaves implicadas”.
En cuanto a Israel, con un trabajo de inteligencia muy paciente, se habría desplegado una operación mucho más prolongada en el tiempo, con años de preparación. Los agentes israelíes obtuvieron acceso a sistemas de videovigilancia urbana en Irán, especialmente en Teherán, lo que permitió analizar hábitos y movimientos de objetivos clave. “Eso permitió coordinar ataques y saber cuándo y dónde se encontraban determinados miembros de la cúpula” (sistemáticamente aniquilados). Para Josep Albors, este tipo de operación encaja más en la lógica de inteligencia estratégica que en el ciberataque destructivo clásico.
Los agentes israelíes obtuvieron acceso a sistemas de videovigilancia urbana en Irán, especialmente en Teherán, lo que permitió analizar hábitos y movimientos de objetivos clave
También detecta otra dimensión de la campaña: acciones de propaganda digital. Algunos usuarios iraníes que empleaban aplicaciones de rezo habrían recibido mensajes instándoles a “deponer las armas, rendirse y promover un cambio de régimen”. Según explica, se trataría de una forma de guerra psicológica integrada dentro del conflicto.
Aparentemente Irán no ha dado una gran respuesta global en el ciberespacio: “aunque sí una intensa actividad de grupos hacktivistas afines al régimen o contrarios a la intervención militar”. Estas acciones, se habrían limitado en gran medida a ataques de baja intensidad, como defacement (modificación de páginas web), ataques de denegación de servicio o filtraciones puntuales de datos, incluyendo algunos relacionados con personal militar israelí.
El grupo Handala, la respuesta persa
Los investigadores están detrás de un grupo llamado Handala, que ha reivindicado ataques contra infraestructuras energéticas israelíes, aunque todavía no hay pruebas concluyentes. Según Cybernews, “Handala habría lanzado ataques contra Verifone (proveedor de pagos con vínculos con Israel) y Stryker (empresa de tecnología médica)”. En el caso de Stryker, aseguró haber borrado más de 200.000 sistemas, servidores y dispositivos móviles, además de robar 50 Tbyes de datos.
Otra fuente proviene de Unit4 (unidad de inteligencia de amenazas de Palo Alto) y señala que el principal vector de ataque de Handala Hack (que también responde a los nombres de Void Manticore, COBALT MYSTIQUE o Storm-1084/Storm-0842) es la explotación de identidades: “mediante campañas de phishing y el abuso de privilegios administrativos, especialmente a través de herramientas de gestión empresarial como Microsoft Intune”. Los atacantes buscan cuentas con privilegios elevados y accesos permanentes, lo que les permite ejecutar acciones destructivas de forma inmediata, como el borrado masivo de dispositivos. Es la vuelta a los wiper que tanto destrozo causaron los primeros días en Ucrania.
¿Están los rusos y los chinos en el ajo?
Sabido es que Irán es aliado de Rusia y China como integrante del bloque BRICS, además de un proveedor principal de petróleo al país oriental. Lo normal es preguntarse si ha habido algún tipo de ayuda o intervención a favor en el terreno de la dark web, toda vez que estos aliados son asesores directos en tecnología militar. Según Albors, solo se ha visto un caso aislado de hacktivistas rusos que atacaron al Banco de Jerusalén con un defacement y un ataque de denegación de servicio, pero lo calificó de irrelevante en términos estratégicos. “No hemos visto operaciones de apoyo notorias por parte de China ni de Rusia”.
Según su análisis, el conflicto allí muestra un enquistamiento también en el ámbito cibernético, con ataques tanto simples como sofisticados dirigidos a infraestructuras críticas. Como resume el experto, la dimensión cibernética de los conflictos es solo una pieza más del tablero. Puede actuar como detonante, como apoyo o como herramienta autónoma en ciertos casos, pero por el momento sigue siendo complementaria a la guerra convencional y a las capacidades militares tradicionales de las grandes potencias.










