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Sostenibilidad: el planeta como medida de las cosas

Renato Del Bino, Director General de la Fundación I+E.

Es muy posible que todo lo vivido y los cambios profundos que el mundo está afrontando, alienten la idea de que asistimos a un nuevo Renacimiento. Aquella época histórica, marcada por grandes inventos y descubrimientos en paralelo a trascendentales cambios sociales, supuso un giro en el devenir de la humanidad y su influjo permanece en gran medida hoy. Pero la idea motriz de aquellas transformaciones era “el hombre como medida de todas las cosas”, fundamento base del humanismo. Ahora, posiblemente, la idea que preside los tiempos disruptivos que vivimos es “el planeta como medida de todas las cosas”.

Efectivamente, hablamos de sostenibilidad. No es una sorpresa. Este término figura hoy en todos los discursos, programas políticos, memorias corporativas y en cualquier artículo o reflexión en profundidad que se precie de mirar al futuro que nos espera. Pero no estamos hablando de algo nuevo. Esta acepción ya universalizada hace referencia a los criterios ESG- environment, social, governance por sus siglas en inglés, que tienen 50 años. Lo que ha cambiado en los últimos tiempos es la forma en que los entendemos y, sobre todo, la actitud que tomamos ante ellos.

Desde el lado de las empresas, ya no se trata solo de actuar con conciencia ética, sino de un factor diferencial para su negocio y para su propia subsistencia

En primer lugar, si antes nos quedábamos básicamente en la “E” y por sostenibilidad se entendía la vocación y las actuaciones para preservar el entorno y los ecosistemas naturales, ahora el concepto se extiende también al impacto social y a los códigos de conducta: el planeta somos todos y todo lo que hacemos en él. En segundo lugar, si antes consistía básicamente en transmitir una imagen de conciencia y responsabilidad, ahora se trata de actuar y rendir cuentas: ya no es comunicación y prevención de riesgos, sino una estrategia integral que abarque todos los ámbitos; y en tercer lugar, si antes era políticamente correcto contemplar los criterios de sostenibilidad, ahora se nos pregunta por ellos y se nos exige dar respuesta: todos, gobiernos, empresas y todo tipo de entidades, públicas y privadas, debemos responder.

Desde el lado de las empresas, ya no se trata solo de actuar con conciencia ética, sino de un factor diferencial para su negocio y para su propia subsistencia. Hoy el 73% de los empleados piden a sus CEO que aborden la sostenibilidad, el 82% de los inversores lo consideran prioritario, los consumidores lo exigen cada vez más y los reguladores están atentos. Ha llegado el tiempo de hacer las cosas de manera diferente, ya no sólo importa el “qué” sino también, incluso más, el “cómo”. Los criterios ESG tienen que estar en el centro del modelo de negocio y presidir todas las decisiones empresariales.

Es cierto que no todas las empresas parten de la misma posición, aunque todas hablen de ello. Por ejemplo, el 72% de las compañías del mundo -78% en España- mencionan los Objetivos de Desarrollo Sostenible en sus informes, pero sólo el 14% -el 13% en España- incluyen objetivos empresariales vinculados a esos ODS, de acuerdo con un estudio de PWC. Es innegable que a todas les incumbe. Están, por un lado, las compañías que, sin verse directamente implicadas, han de adaptar los criterios ESG -por ejemplo, a la hora de contratar trabajadores. Pero están, por otro, aquellas que los llevan en su ADN. Éstas, por lo general, son las que siempre han apostado por la innovación, pero ahora también tienen que hacerlo de manera diferente.

Y es que la innovación ya no se concibe si no es sostenible. Son dos caras de la misma moneda. Para aquellas empresas para las que la innovación es un factor diferencial, ahora debe tener además un propósito, una contribución tangible y medible en términos de mejora del ámbito en el que va a impactar. Tiene que guardar una innegociable implicación con el planeta, con las personas y con las conductas. El Informe del Impacto Social de las Empresas, que elabora Deloitte con la Fundación SERES, indica que la inversión de las empresas españolas en Responsabilidad Social en 2019 alcanzó los 1.429 millones de euros, y el 86% de los proyectos analizados se realizaron en el ámbito de cobertura de necesidades sociales, como educación, salud y bienestar social. Y no es una moda, sino una tendencia imparable.

Tampoco la tecnología es ajena a esta tendencia. Es más, puede ser una de sus grandes facilitadoras, siempre y cuando contemple ese propósito y compromiso. Un informe del Pacto Mundial de 2019 establecía siete formas en que las tecnologías pueden contribuir a los ODS: 1. Promoviendo el acceso a la información; 2. Facilitando el análisis y la recolección de datos; 3. Favoreciendo nuevos modelos de negocio; 4. Incrementando la financiación mediante plataformas digitales; 5. Desarrollando nuevos modelos de realidad; 6. Ofreciendo productos y servicios adaptados; y 7. Aprovechando de forma adecuada el potencial de la robótica, la impresión 3D y la inteligencia artificial.

Finalmente, pensemos en la oportunidad que este “renacimiento” en torno al planeta puede suponer para España. Aun con debilidades evidentes, pongamos en valor nuestras fortalezas: podemos presumir de ser el país del mundo con más zonas declaradas Reserva de la Biosfera por la Unesco; somo el cuarto país de Europa y entre los diez primeros del mundo en producción de energías renovables; ocupamos el puesto 21 de 162 países en el informe Sustainable Development Report; tenemos sol y viento en abundancia para producir el hidrógeno verde más barato… Estos activos, bien encauzados con los proyectos que se acometan dentro del Plan de Recuperación, podrían hacer de España un país más que atractivo para la atracción de inversiones sostenibles. Más aun en un contexto en el que Europa necesita aprovechar sus capacidades en ciencia y tecnología para liderar el cambio climático. Y conscientes del potencial científico que tenemos en nuestro país, cuyo problema es precisamente transferir esa producción al mercado. Es una oportunidad que no deberíamos desaprovechar.

En definitiva, si el planeta se va a consolidar como medida de todas las cosas -de lo que hagamos, de lo que produzcamos, de lo que innovemos…-, no queda más opción que dar la mejor medida de nosotros. Y recordar, entre todo lo que decimos ahora, que la acepción original del término sostenibilidad se refiere a algo que se pueda mantener en el tiempo. Por lo tanto, tendrá que servir a las próximas generaciones. De hecho, ellas van a ser las que nos lo van a medir.

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