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Tribulaciones de un periodista TIC en un viaje de trabajo

Los viajes de prensa no son tan idílicos como en un principio puede parecer, aunque permiten al periodista alojarse en hoteles de lujo y visitar lugares que les sería prohibitivo para su bolsillo.

Todas las ferias tecnológicas tienen un olor especial, de masas itinerantes recorriendo pabellones, de gente pugnando por mochilas, bolsas y sombreros, de cafés encapsulados en cada esquina y apetitosos bollitos… Prisas para llegar a tiempo a la sesión general; ya está empezando y si encuentras hueco entre el gentío, lo más probable es en el sitio más incómodo.

El CEO de turno se muestra exultante y pletórico de energía soltando a diestro y siniestro eslóganes ensalzando a sus clientes y ofreciendo la tierra digital prometida. Luego llegan las charlas técnicas en las que hay que tener estómago y los inevitables one to one con portavoces exhaustos de repetir su monólogo corporativo. Entre la fauna de las ferias destaca el periodista tecnológico, una especie ávida de wifi y que aprovecha cualquier momento para zampar lo que se ponga a su alcance: “come mientras puedas, nunca sabes cuándo volverás a probar bocado”; es la consigna de los veteranos que va pasando a los novatos, como una verdad inmutable.

Empieza la carrera por encontrar mesa y despachar el artículo que desde redacción te reclaman como lobos

Empieza la carrera por encontrar mesa y despachar el artículo que desde redacción te reclaman como lobos. Enviar la crónica a veces es un camino lleno de trampas: se desconfigura la red saturada de tanto personal conectado; Google te pide una nueva autenticación porque accedes desde un lugar lejano a tu ciudad; te quedas sin batería; no te acuerdas de la contraseña… la maldita contraseña. Al final terminas recurriendo a un colega solidario que te presta su equipo.

Satisfechos por el deber cumplido, toca volver al hotel para reposar media hora y acicalarse para la cena en un fantástico restaurante. Es el momento de dejarse llevar por la gula devorando canapés y cerveza sin descanso. Las cenas suelen culminar con un espectáculo musical, un concierto o una discoteca fashion y allí ya no hay corbatas ni mensajes publicitarios. Y ves con estupefacción cómo aquel interlocutor cansino que entrevistaste en un one to one se ha convertido en una estrella de la noche bailando despendolado en la pista... Con la resaca a cuestas afrontas el checkout y el viaje de vuelta deseando retornar al hogar y cruzando los dedos por no equivocarte de tren, como le pasó a una compañera que vivió su particular odisea para mofa de sus crueles colegas.

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