Durante años hemos asociado la transformación digital a la incorporación de nuevas tecnologías. Cloud, automatización, inteligencia artificial, analítica avanzada o nuevas plataformas digitales han ocupado buena parte de las agendas estratégicas de empresas y Administraciones Públicas.
Sin embargo, después de más de diez años trabajando en fabricantes y colaborando con organizaciones de distintos sectores en proyectos tecnológicos, he observado que el verdadero reto consiste en lograr que esa inversión se traduzca en cambios reales dentro de la organización. Porque existe una diferencia importante entre implementar una solución tecnológica y conseguir que esta genere valor.
En los últimos años hemos sido capaces de acelerar proyectos que hace apenas una década parecían imposibles. Los ciclos de implantación son más rápidos, las herramientas más potentes y el acceso a la innovación mucho más sencillo. Sin embargo, seguimos encontrando situaciones en las que proyectos técnicamente exitosos no alcanzan los resultados esperados desde el punto de vista del negocio. La explicación suele ser menos tecnológica de lo que pensamos.
En busca de la clave del éxito
Una herramienta puede funcionar perfectamente y, aun así, no integrarse en la dinámica diaria de los equipos. Un proceso puede estar diseñado para mejorar la eficiencia y terminar utilizándose de forma parcial. Incluso una iniciativa respaldada por una dirección comprometida puede encontrar dificultades si las personas no comprenden su propósito o no perciben claramente su utilidad.
Para que la tecnología genere resultados sostenibles, las organizaciones deben trabajar aspectos que van mucho más allá de la implantación técnica: cultura organizativa, modelos de liderazgo, bienestar de los equipos, comunicación y capacidad para retener el talento. Porque cuando una organización inicia un proceso de transformación, en ocasiones se subestima el esfuerzo necesario para acompañar a las personas durante ese recorrido.
La comunicación, la formación, la participación de los equipos y la capacidad de generar confianza suelen tener más impacto en el resultado final de un proyecto de lo que reflejan los cuadros de mando tradicionales. En paralelo, estamos viviendo un momento especialmente interesante desde el punto de vista del liderazgo.
Mientras las organizaciones compiten por atraer talento y prepararse para los desafíos que plantea la inteligencia artificial, diversos estudios recientes han puesto de manifiesto señales que merecen atención. Entre ellos, algunos análisis recogidos por Forbes apuntan a una disminución de la presencia de mujeres en determinados puestos de liderazgo, una tendencia que invita a reflexionar sobre cómo estamos desarrollando y reteniendo el talento dentro de nuestras organizaciones.
Algunos análisis recogidos por Forbes apuntan a una disminución de la presencia de mujeres en determinados puestos de liderazgo, una tendencia que invita a reflexionar sobre cómo estamos desarrollando y reteniendo el talento dentro de nuestras organizaciones
Y si cada vez resulta más difícil desarrollar y retener ese liderazgo, quizá deberíamos preguntarnos de verdad qué está ocurriendo dentro de nuestras empresas. Quizá por eso también deberíamos replantearnos cómo medimos el éxito de la transformación digital.
Con frecuencia ponemos el foco en proyectos entregados, plataformas desplegadas o inversiones ejecutadas. Son indicadores necesarios, pero no suficientes. Porque completar un proyecto en plazo no siempre significa que haya generado el impacto esperado.
La inteligencia artificial y la automatización seguirán ganando protagonismo durante los próximos años. Las oportunidades son enormes y su potencial para impulsar la competitividad es indudable. Sin embargo, cuanto más avanzada sea la tecnología, más importante será la capacidad de las organizaciones para integrarla de forma efectiva en sus procesos, su cultura y sus equipos.
Así pues, la diferencia entre adoptar tecnología y generar impacto no suele encontrarse en el software. Suele encontrarse en las personas que tienen que utilizarlo, liderarlo y convertirlo en valor para la organización.








