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Viento de cola para una expansión contenida



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España se ha convertido en el motor económico en Europa, liderando el crecimiento entre las economías desarrolladas para 2025 –duplicando la previsión de la Comisión Europea para la UE (1,4%)– y también 2026

Publicado el 27 ene 2026

José Manuel Burgueño

Doctor en Ciencias de la Información



Coyuntura economica

Mientras los escándalos políticos, los disgustos judiciales y las dificultades para lograr mayorías parlamentarias no han dado tregua al Gobierno durante el último otoño, los analistas y organismos nacionales e internacionales han sido los encargados de proporcionarle alegrías en una cascada de revisiones al alza de sus expectativas y estimaciones económicas para España. Ratificaban lo que ya los índices oficiales de INE, EPA o Banco de España iban anunciando, y consolidaban nuestro papel de motor económico en Europa, liderando el crecimiento entre las economías desarrolladas para 2025 –duplicando la previsión de la Comisión Europea para la UE (1,4%)– y también 2026.

El FMI va incluso más allá: tras haber sido la economía desarrollada que más ha crecido en los dos años anteriores, sus pronósticos sitúan la expansión española de 2025 (2,9%) muy por encima de países más fuertes como Francia (0,7%); Alemania (0,2%) o Italia (0,5%), incluso por delante de otras potencias como Estados Unidos (2%), Reino Unido (1,3%) o Japón (1,1%). Y augura que todavía en 2026 la economía española seguirá encaramada al podio de las más dinámicas de entre los países avanzados.

Es cierto que, tras varios años en que las modificaciones de las expectativas que los informes de otoño hacían respecto de los de primavera solían ser a la baja, ya en 2024 el Ejecutivo empezó a disfrutar de una sucesión de revisiones al alza. Y aunque la tendencia de crecimiento es desacelerada (de un PIB del 3,5% de 2024 se pasa en 2025 al 2,9% –medio punto superior al que se esperaba al comenzar el año–, y a apenas superar el 2% en el año siguiente –lo que, por cierto, no nos impedirá seguir en el grupo de cabeza–), no es fácil negar que el momento económico es de bonanza.

Aparte del crecimiento del PIB, la tasa de desempleo sigue reduciéndose (hay cierto consenso sobre que ya en 2026 abandone, casi 20 años después, los dos dígitos); la ratio de deuda sobre PIB acaricia ya también la posibilidad de bajar por fin del 100%; la Bolsa está disparada con una revalorización cercana al 40% en lo que va de año.

La economía española parece, pues, ajena a las tensiones domésticas. Los buenos datos económicos se suceden con un Gobierno en minoría en un Parlamento crispado y fragmentado y que prorroga año a año unos Presupuestos Generales de la anterior legislatura. Sin embargo, según explica el último informe del FMI, varios motores la impulsan: aparte de la inyección de los fondos europeos de la pandemia, un mercado laboral dinámico, que absorbe los flujos migratorios, con unos costes salariales controlados; y un sector turístico en auge, que sigue cosechando récords (en 2025 rozaría los 100 millones de visitantes internacionales). A eso se suma un precio de la energía más competitivo gracias en gran parte al desarrollo de las renovables; y récords mantenidos en la recaudación fiscal (creciendo por encima del 10%), todo ello en un contexto internacional resiliente, que aparenta haber absorbido los efectos de la incertidumbre geopolítica y el ruido comercial generado desde la Casa Blanca con los aranceles.

Los analistas de la OCDE introducen en su informe del pasado noviembre un par de claves más: el empuje de la demanda interna como principal impulsor del crecimiento económico, con un consumo privado alimentado por la mejora del mercado laboral y la disminución de la inflación y, por otro lado, un aumento en la inversión fomentado por la reducción de costes de financiación y la implementación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

Una demanda interna dinámica

En su análisis de septiembre de la economía española, el Banco de España refuerza la tesis de que el crecimiento de la actividad económica descansará en los próximos años en el dinamismo de la demanda interna, porque la contribución de la demanda exterior neta al PIB será negativa o, en el mejor de los casos, nula. Tras estancarse las exportaciones de bienes en 2025 (dado el escenario comercial global y el débil crecimiento de la UE), podrían recuperarse en función de la evolución de los mercados exteriores, mientras las importaciones, muy dinámicas en 2025, se desacelerarían en 2026 y 2027.

Sin embargo, el consumo privado toma las riendas en cuanto a aportación, gracias al crecimiento previsto de la renta disponible, la mejora del empleo y los flujos migratorios, aunque experimente más tarde una desaceleración. Por su parte, el organismo supervisor prevé también tasas de crecimiento sólidas en la formación bruta de capital (la inversión) para 2025-2027 “por el despliegue de los fondos NGEU, unas condiciones de financiación propicias y el dinamismo de la inversión”. Y en cuanto a la contribución del consumo público al crecimiento –que en 2025 reduce su contribución al PIB de 7 décimas a solo 4, según recuerda Funcas en su última previsión de avance del PIB–, el Banco emisor estima que se moderará, impulsado solo por el aumento previsto del gasto en defensa.

El análisis del Banco de España coincide esta vez con el que hace el propio Gobierno, avalado asimismo por la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF): su escenario macroeconómico contempla una mayor contribución de la demanda nacional al crecimiento del PIB –que compensaría una aportación más negativa del sector exterior–, situando como motores del crecimiento la formación bruta de capital fijo y el consumo privado.

En su Informe de ‘Situación de la Economía Española’ (las previsiones macroeconómicas del proyecto de Presupuestos Generales para 2026) publicado a mediados de noviembre, el Ejecutivo destaca que se mantiene la contribución positiva del consumo privado, con crecimientos del 3,3% en 2025 y del 2,4% en 2026, “apoyados en la creación de empleo y las subidas salariales que permiten la recuperación progresiva del poder adquisitivo, en un contexto en el que las proyecciones de inflación del Banco de España convergen hacia el objetivo del 2% del Banco Central Europeo (BCE), y se mantienen estables en ese nivel durante los próximos años”.

También llama la atención sobre el aumento de la inversión, “con previsiones de crecimiento de la formación bruta de capital fijo del 5,7% y del 5,1% en 2025 y 2026, respectivamente, en buena parte gracias al impulso y a la aportación positiva del Plan de Recuperación y por el aumento de la inversión en construcción”.

La coyuntura permite a Moncloa ser optimista también en cuanto a la evolución del empleo: sus proyecciones contemplan la creación de 450.000 puestos de trabajo de media al año, con la previsión de que la tasa de paro caiga por debajo del 10% en 2026. Arropan al Gobierno en esta confianza la Comisión Europea, Funcas o AIReF y solo discrepaban las estimaciones del Banco de España, elaboradas en verano de 2025. En todo caso, el mismo organismo que preside José Luis Escrivá incide en la persistencia –eso sí, con cierto ralentí– en la creación de empleo en los próximos años (2,6% en 2025, cuatro décimas más que el año anterior; 1,3% en 2026 y 1% en 2027).

Lo único que nos saca los colores es que, a pesar de los avances, España mantiene en tasa de desempleo el farolillo rojo en toda Europa, casi duplicando la media de la UE y triplicando la de Alemania, y no hay previsión de que lo vaya a soltar. La realidad es que se está creando empleo y se ha tocado el techo histórico de 22,39 millones de ocupados, pero seguimos teniendo una cifra de desempleados de 2,61 millones, todavía altísima comparada con otros países europeos.

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