OPINIÓN

Impacto económico y geopolítico de las tecnologías exponenciales en 2026



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La exponencialidad intrínseca a las tecnologías causantes del nuevo modelo acelera la velocidad de los cambios

Publicado el 28 ene 2026

Alberto Pascual

Presidente de ASLAN



Recurso

A nuestra mente lineal le cuesta entender la aceleración en los cambios económicos, sociales y políticos que las denominadas tecnologías exponenciales han provocado.

El Internet de las Cosas, la robótica, el Big Data, la realidad inmersiva, la biotecnología, son tan solo ejemplos de una amplia lista de tecnologías que se combinan, generando sinergias y nuevas posibilidades. Y, por encima de todas ellas, con carácter transversal, la omnipresente inteligencia artificial.

Se caracterizan, en primer lugar, y de ahí su denominación, por un crecimiento exponencial. Duplican su capacidad y/o reducen su coste a la mitad en un periodo de tiempo corto.

Se retroalimentan, constituyendo un ecosistema que potencia su impacto y desarrollo.

Son disruptivas. Suponen un cambio radical en las formas de hacer las cosas, creando continuamente nuevas oportunidades.

Y, son democratizadoras. Su coste decreciente, su modelo de consumo, en suscripción o pago por uso, y la sencillez de su utilización, las hacen asequibles a casi todos los públicos.

Esos atributos, unidos a los avances en la neurociencia, han permitido idear casos de uso tremendamente adictivos y, por tanto, de extenso impacto social.

Impacto en lo geoeconómico y lo político-social

La energía requerida por estas tecnologías es significativamente mayor que en las industrias tradicionales. Abordar esa exigencia energética pasa por una potenciación de las energías renovables, así como un replanteamiento de la consideración de la energía nuclear. Los países privilegiados en ambos ámbitos disponen de una clara ventaja competitiva.

En otro orden de cosas, las materias primas necesarias para alimentar cada revolución industrial siempre han sido un elemento clave de la geoeconomía. La batalla por su disponibilidad ha marcado la agenda de los juegos de dominio y poder.

Las tecnologías exponenciales requieren de semiconductores, y las tierras raras se han convertido en objeto de deseo prioritario entre las potencias contendientes en la lucha por el poder tecnológico.

Las tecnologías exponenciales son disruptivas, se retroalimentan, constituyendo un ecosistema que potencia su impacto y desarrollo

Además de los materiales, el dominio de las técnicas de diseño y fabricación también determinan el poderío de las naciones que pugnan por la supremacía tecnológica.

La demografía juega también un papel relevante. La población mundial crece y, una población mayor, ha demostrado estadísticamente la disponibilidad de un talento mayor, talento que ha posibilitado nuevas y mejores formas tanto de aprovechamiento de los recursos convencionales, como de generación de otros nuevos.

El desarrollo y aplicación de las tecnologías exponenciales no solo requiere de talento. Además, precisa de abundancia de datos.

El siglo XXI se ha caracterizado por el aprovechamiento masivo del talento de las poblaciones hiperconectadas en red, como nunca antes, así como de la explotación de los datos proporcionados. Un intenso trabajo que todos desarrollamos de manera no remunerada, muchas veces inconsciente e involuntaria, mediante la interacción desde nuestros dispositivos móviles. Sin ello, el entrenamiento eficaz de los modelos de inteligencia artificial no habría experimentado el despegue verificado en los últimos años.

A mayor población, mejor desempeño. De ahí la ventaja que de partida tiene China, con sus 1.400 millones de habitantes, cifra que supera ya la India, con 1.460 millones de ciudadanos, frente a los 340 millones de estadounidenses o los 450 millones de europeos comunitarios.

El invierno demográfico europeo si bien sitúa a la Unión Europea en clara desventaja, también podría hacer de la necesidad virtud.

La inversión de la pirámide de población, con una ciudadanía crecientemente envejecida consumidora de pensiones y atención médica, frente al número menguante de productores-contribuyentes, puede llevar al colapso del sistema. Pero esa emergencia también puede aprovecharse si somos conscientes de que la única salida es aumentar la productividad de los trabajadores mediante un uso intensivo e inteligente de la tecnología. Menos contribuyentes, pero con mayor capacidad de aportar.

En cualquier caso, la crisis pandémica ocasionada por el COVID-19 alertó del riesgo que supone confiar en soluciones globales a las necesidades regionales. Por ello, se está replanteando la necesidad de una soberanía tecnológica e industrial.

Tres modelos

La batalla por el liderazgo tecnológico ha dado lugar a tres modelos de desarrollo y gobernanza, a tres bloques de poder que marcan la agenda geopolítica mundial.

  • Estados Unidos, campeón del liberalismo, ha comenzado a poner límites frente a la emergente potencia China en aras de una pretendida seguridad. Barreras no solo arancelarias. Protección de su Propiedad Intelectual. Limitación de tecnología foránea en infraestructuras críticas. Restricción en el acceso de talento extranjero a sus centros formativos y de innovación.

Además de poner la vista en el modelo regulado europeo, Estados Unidos ha emulado también el modelo chino empeñando recursos materiales y económicos para impulsar las iniciativas tecnológicas privadas. Los gigantes tecnológicos se han beneficiado de ello.

Estados Unidos encabeza el bloque de las tecnodemocracias. Aquellas que propugnan el uso de las tecnologías digitales para empoderar a los individuos y proteger sus derechos.

Las tierras raras se han convertido en objeto de deseo prioritario entre las potencias contendientes en la lucha por el poder tecnológico

  • China emerge como potencia con su novedoso modelo de capitalismo de Estado. Inyectando capital público en proyectos arriesgados que, una vez demuestran su viabilidad, traspasa para su aceleración al sector privado. Siempre con cierto control, y habiendo sacado buen rédito del apetito occidental por aprovechar el tamaño chino, llevando allí sus productos más novedosos, fuente de inspiración durante años para la ingeniería del gigante oriental.

Su control político ha demostrado su eficacia proporcionando simultáneamente seguridad y un éxito económico deslumbrante, creando una pujante clase media.

China encabeza el bloque de las tecnoautocracias, con el uso deliberado de la tecnología como herramienta para el control social y político.

En este punto, cabría preguntarse si estamos ante un nuevo orden mundial digital bipolar.

  • Tercer bloque. La situación es aún más compleja. Existe un tercer bloque transversal no ideologizado. El de los propios gigantes tecnológicos, con su propia agenda de poder. El poder de los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft). Un conglomerado que supone un PIB superior al de Canadá, Reino Unido y Alemania, en lucha por los mercados globales, sorteando legislaciones antimonopolio.

La exponencialidad intrínseca a las tecnologías causantes del nuevo modelo acelera la velocidad de los cambios. Vivimos un entorno volátil, complejo, incierto y ambiguo, en el que retornar al anclaje en verdades fuertes se hace urgente y necesario.

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