Cuenta la Biblia que en el sexto día Yahvé creó su más grande criatura: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y que tenga dominio sobre los peces del mar, las aves de los cielos, las bestias y toda la tierra’. En el séptimo día descansó satisfecho, pero no mucho tiempo después tuvo que expulsar a Adán y Eva del paraíso, porque vio en ellos unas desmesuradas ansias de poder y sintió peligrar su hegemonía.
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Una nueva criatura
De la misma forma, desde el nacimiento de la IA generativa, toda una explosión de sensaciones e incertidumbres sobrevuelan por nuestras cabezas, bien como cuervos sombríos bien como palomas prometedoras de bienestar y felicidad. Desde el establishment la IA, se quiere vender como una receta mágica para alcanzar las más altas cotas de la productividad, una mejora de la rentabilidad y un arma con la que conquistar un mercado cada vez más fragmentado e hiperpersonalizado. También hay alabanzas a una herramienta que nos empodera y es capaz de dotarnos de virtudes para las que no fuimos concebidos, en suma, un nuevo salto evolutivo de nuestra especie. Pero en ciertos sectores profesionales, la IA asoma como un depredador de funciones y triturador de oficios que terminarán siendo sustituidos. Los descreídos lo ven además como un instrumento que nos anquilosa, y nos va sustrayendo habilidades de supervivencia que han caracterizado al ser humano desde el principio de los tiempos.
En ciertos sectores profesionales, la IA asoma como un depredador de funciones y triturador de oficios que terminarán siendo sustituidos

Retomando el relato bíblico, el Creador dotó de voluntad y autonomía a su criatura preferida; en pleno 2022 DC, otra entidad formada por bits tomó el relevo, para protagonizar la nueva narrativa y tratar de devolvernos -presuntamente- al paraíso perdido.
Pero un ser diseñado a imagen y semejanza de la naturaleza humana no podía por menos que cargar con ciertos pecados de serie, que llevamos impresos en nuestro ADN y de los que difícilmente podemos sacudirnos.
Soberbia, el reinado de la IA General
De entre los pecados capitales, la soberbia descuella por méritos propios. Es un sentimiento de superioridad que nos lleva a creer que estamos por encima de nuestros semejantes, despreciando el valor de los otros. Con la IA General todas las alarmas son pocas, ¿podrán las máquinas en el colmo de esta visión supremacista relegarnos a la insignificancia? La IA general amenaza, según los expertos, con sustituir a nuestra raza y podría aniquilarnos, una vez se alcance el gran objetivo de la Singularidad de la IA. Una visión apocalíptica de un nuevo Prometeo Digital, reconvertido en monstruo, (a la manera del Frankestein de Mary Shelly), que nos arrebatará la libertad. El historiador Yuval Noah Harari ha llegado a decir que los humanos somos los aprendices de brujos del relato de Goethe, “invocando poderes que no seremos capaces de controlar”.
Un nivel de inteligencia superior
En medio del debate ético sobre la inteligencia artificial, emerge una pregunta que incomoda tanto a tecnólogos como a académicos: ¿puede la IA alcanzar un nivel de inteligencia superior al humano hasta rozar la soberbia? ¿Podríamos estar aproximándonos ante lo que algunos denominan la citada singularidad tecnológica?
Según Juan Morán, CEO y cofundador de TuringDream, startup española especializada en IA educativa, la cuestión fundamental es el alineamiento: “si creamos una IA superinteligente, ¿cómo garantizamos que esté alineada con los valores humanos y no actúe de forma autónoma contra esos valores?”. Y para ello, afirma, no basta con seguir ampliando modelos y acumulando datos.
Morán defiende que la vía segura hacia la IA avanzada no pasa por una superinteligencia general inmediata, sino por sistemas más modestos pero profundos: “La clave está en superinteligencias sectoriales (domain-specific superintelligence) antes que una superinteligencia general”.
Cada superinteligencia vertical operaría aprendiendo de sus propios usuarios: “Una superinteligencia en educación solo mejora si recibe feedback de alumnos y familias. Eso la mantiene alineada con valores humanos, porque la dirección de mejora la definen los propios usuarios”. La analogía es clara: igual que se entrena a una IA a jugar al ajedrez corrigiendo sus movimientos, los sectores moldearían el aprendizaje de la IA mediante interacción real y humana.
El error de laboratorio y la carrera de las Big Tech
Pero esta visión choca con la estrategia dominante en Silicon Valley, donde las Big Tech tratan de imponer su propio modelo de IA. Morán recuerda la advertencia de Yann LeCun, uno de los padres del aprendizaje profundo y actual científico jefe de IA en Meta: “una inteligencia que entienda el mundo físico debe entrenarse en el mundo físico, si no lo hace, nunca alcanzará su superinteligencia”.
Mientras la inteligencia artificial se consolida como eje de la transformación tecnológica global, el discurso público y corporativo que la rodea parece cada vez más confuso

En Silicon Valley, algunos pensadores, herederos de un aristotelismo tecnológico, confiaban en que bastaría con pensar indefinidamente, con entrenar modelos en laboratorios aislados hasta que, por acumulación, acabaran resolviendo cualquier problema. Pero esa visión ignoraba algo esencial: la inteligencia no nace del encierro, sino de la experiencia. Se forma en la interacción con el entorno, en el tanteo constante, en el error y la corrección. “Francis Bacon ya lo había intuido siglos atrás, cuando sentó las bases de la ciencia moderna: no como una actividad recluida en una habitación, sino como una práctica viva, expuesta al mundo”, argumenta del directivo de TuringDream.
Ese convencimiento por construir modelos superlativos empezó a desmontarse, cuando un pequeño DeepSeek chino les sacó los colores a los GAFAM y provocó un movimiento sísmico en la bolsa de EEUU, con fuerte impacto para Nvidia o Microsoft. En cualquier caso, y ese es el modo de ver de este experto, la superinteligencia no será un sistema horizontal a modo de ente supremo, sino que estará conformado por inteligencias verticales que se integrarán entre sí componiendo un universo multifacético y mucho más enriquecido.
Se puede deducir que en esta carrera de tantos jugadores por copar un ecosistema y alcanzar una posición dominante, no es solo la inversión el aspecto más determinante. El juego de las disrupciones puede girar bruscamente, y no será el Goat “quien meta más dinero sino quien sea capaz de la jugada más inteligente”.
Desde este punto de vista, el liderazgo de la IA está lejos de haber terminado: “Hay quienes creen que esto ya se ha estabilizado. Vendrán más revoluciones dentro de la propia revolución”, profetiza Morán. Según su intuición, podemos estar hablando de gigantes con pies de barro que puedan verse asolados por pequeñas inteligencias que funcionen a modo de enjambres, de la misma forma que los drones están protagonizando las guerras actuales relevando a los grandes carros de combate.
Una nueva era cámbrica
Rafael Areses, un doctor de Medicina que cambió la bata por los chips, autor de ‘La revolución silenciosa: Inteligencia Artificial Generativa en entornos de Negocio’. considera que en torno a la IA se está generando una gran ceremonia de la confusión. “Estamos viviendo una explosión comparable a la de la era cámbrica”, sostiene un analista especializado, aludiendo a aquel momento de la evolución biológica en el que la vida probó infinidad de formas, muchas de ellas inviables. “En la IA ocurre igual: se están ensayando miles de modelos, muchos de los cuales no perdurarán”.
El impacto de esta tecnología es, para algunos, similar al meteorito que acabó con los dinosaurios. “El golpe que ha dado la IA ha barrido con los ‘legacy systems’, lo antiguo. Y, como los pájaros que sobrevivieron a los dinosaurios, solo lo más versátil y adaptativo prosperará”, explica Areses.
La velocidad vertiginosa de avances en IA es difícil de seguir incluso para los expertos. “Cada semana salen diez herramientas nuevas. Antes, los hitos llegaban cada tres meses. Ahora, los ‘influencers’ tecnológicos no dan abasto ni con equipos detrás”, afirma Areses. En este contexto, el verdadero valor ya no reside en la novedad, sino en la capacidad de filtrar y discernir.
Los criterios tradicionales de evaluación también están en crisis. Los benchmarks (esas pruebas estandarizadas para medir el rendimiento de los modelos) han sido desvirtuados. “Los laboratorios desarrollan modelos que están entrenados para superar métricas específicas, como si estudiaran para el examen, no para la vida real”, advierte este experto.
El fenómeno también presenta aspectos inquietantes. “Hemos detectado que algunos modelos muestran un comportamiento sospechosamente empático”, señala el escritor. “Exageran elogios, parecen halagadores hasta lo impostado. Es como si buscaran enganchar emocionalmente al usuario, sacrificando la objetividad”.
Mientras la inteligencia artificial se consolida como eje de la transformación tecnológica global, el discurso público y corporativo que la rodea parece cada vez más confuso, saturado de promesas, métricas alteradas y estrategias comerciales opacas.
A medida que la inteligencia artificial se integra en cada rincón del entorno digital, su presencia se ha vuelto tan ubicua como abrumadora. “Abres WhatsApp, tienes IA. Entras a Google, tienes Gemini. Usas cualquier software y ya incluye algo con IA. Te persigue por todas partes”. Esa omnipresencia está reconfigurando silenciosamente la lógica del software corporativo. “El modelo SaaS clásico ya no sirve. El software se está transformando porque la IA se está apoderando de todo”,
La transformación es profundamente cultural y generacional. “Hoy prefieres que te atienda un médico. Pero quizás tus hijos no tengan ese reparo frente a una IA. Igual que tú no extrañas a la mecanógrafa”, aventura Rafael Areses La percepción de lo aceptable cambia, y con ello las interfaces, las interacciones y las expectativas. De alguna manera todos vamos transportados por una gigantesca alfombra voladora que será capaz de regir nuestros destinos, si se cumplen los designios más derrotistas.
Profecías para la superinteligencia
En cualquier caso, la gran pregunta es cuándo y cómo llegará la superinteligencia, que va más allá de un planteamiento geopolítico o empresarial, sino que supondrá un cambio de paradigma de tal dimensión que desmantelará cualquier proyección de futuro conocida.
Entre los profetas, Mo Gawdat, exejecutivo de Google, autor de ‘El algoritmo de la felicidad’, dibuja un horizonte aterrador: “para 2050, se prevé que la IA sea mil millones de veces más inteligente (en todo) que el ser humano más inteligente.Para ponerlo en contexto, tu inteligencia, en comparación con la de la máquina, será como la de una mosca en comparación con la de Einstein. A ese momento lo llamamos singularidad, el instante a partir del cual ya no vemos nada y no podemos hacer predicciones. Es el momento a partir del que no podemos predecir cómo se comportará la IA, porque nuestra actual percepción y nuestras trayectorias ya no serán pertinentes».
Con esta misma visión apocalíptica, se alinea Geoffrey Hinton, conocido como el “padrino de la IA”, quien alerta que existe un 20% de probabilidades de que la IA acabe con el ser humano. El premio Nobel de Física de 2024 cree que las personas acabaremos sometiéndonos a la tecnología, “va a ser mucho más inteligente y podrá engañarnos fácilmente”. Ya existen sistemas que han dado muestras de manipulación y Hinton ha sugerido inocular el “instinto maternal” a los algoritmos para que “realmente se preocupen por las personas” incluso cuando la tecnología se vuelva más poderosa e inteligente que los humanos. Pongamos esperanza en que el sentido común se imponga y unas nuevas tablas de Moisés establezcan orden y gobernanza en este embrollo. Porque si los más oscuros presagios se cumplen, quien sabe si la IA enarbolando una antorcha cuántica, al más puro estilo hebreo, mandará a la humanidad a las más profundas simas de la irrelevancia, anticipando el juicio final.








