Pongamos que nos hacemos preguntas como estas: ¿Es España un país idóneo para hacer innovación? ¿Tenemos las infraestructuras, los recursos y el capital humano para acometer grandes proyectos disruptivos de alcance global? ¿Se dan las condiciones regulatorias para que las empresas inviertan con garantías de retorno? ¿Se incentivan suficientemente los esfuerzos innovadores en el ecosistema empresarial español? Podrían salir en una reunión de amigos en torno a un café, o quizás hacérselas nuestros políticos cuando se deciden abordar estos asuntos, entendiendo que son trascendentales para nuestro futuro como sociedad y como país.

Como el David que dijo Miguel Ángel que vio en el mármol y talló hasta que lo puso en libertad, en España tenemos un potencial innegable pendiente de liberar
RENATO DEL BINO, EMPRESA I+E
Pero, con total seguridad, estas son las preguntas que a un presidente o director general de la filial española de una multinacional le van a formular los jefes de su corporación cuando pretenda traer a España un gran proyecto global. Y en la misma mesa, en ese concurso, va a confrontar con sus homólogos de Francia, Italia, Polonia, India o Singapur. Que, siendo sus colegas, en ese momento serán sus competidores. Es por esto que decimos que las filiales de las multinacionales actúan como embajadores de sus países ante sus organizaciones.
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Transición energética
A esas reuniones, nuestros embajadores deben acudir con la lección bien aprendida. Bien armados de argumentos. Podemos presumir que se sentirán más a gusto cuando les pregunten sobre nuestra situación geográfica privilegiada, por nuestras infraestructuras en términos de comunicaciones y conectividad, por nuestros recursos naturales, que nos convierten en uno de los países donde realizar con éxito la transición energética. También sonreirán cuando les inquieran sobre el talento que atesoramos en España, no solo por nuestras cifras por encima de la media europea en doctores e ingenieros, sino también por la solvencia profesional que bien conocen de su gente, su disposición a innovar y a tomar riesgos.

Empezarán quizás a torcer la sonrisa cuando la conversación gire hacia la posición y los indicadores de España en el mapa mundial de la innovación. Y cuando salgan a colación peliagudos asuntos como la seguridad jurídica o la fiscalidad ligada a la I+D, posiblemente pongan cara de póquer. Es cuando, en medio de esa reunión, la cabeza se les irá a todo lo que vienen defendiendo ante los actores e instituciones con los que mantienen interlocución. Y no pensarán solo como altos directivos de su empresa, sino como españoles que tienen el conocimiento y la experiencia para saber que un país que atrae innovación es un país más próspero, y que no innovará más por ser más rico, sino que será más rico porque innova más.
España, un potencial innegable
Como el David que dijo Miguel Ángel que vio en el mármol y talló hasta que lo puso en libertad, en España tenemos un potencial innegable pendiente de liberar. Nuestro centenar largo de centros tecnológicos y nuestros 52 parques científicos, así como el auge que están tomando los centros de datos, nos brindan una infraestructura privilegiada para desarrollar proyectos de enorme capacidad. Podemos presumir asimismo de sectores emergentes, de las energías renovables a la biotecnología, pasando por industrias como las telecomunicaciones, la aeroespacial o la farmacéutica, que de hecho son ya un polo de importantes inversiones. Tenemos un magnífico mármol, también ideas, pero nos faltan herramientas e impulso.
Ese impulso ha de ser tanto público como privado. En los últimos años, España está haciendo reseñables esfuerzos por recuperar terreno y hacerse sitio en el mapa. Pero un empuje a la innovación como, por ejemplo, el que este país ha acometido en 2025 para incrementar su gasto en Defensa, que suponga inyectar de golpe 10.000 millones de euros a nuestro sistema de I+D+i, sumado a la inversión empresarial que podría movilizar, nos podría llevar a alcanzar el 2,8% del PIB. Esto es casi el doble de lo que invertimos actualmente entre Estado y empresas, muy por encima de la media europea y en el umbral del 3% que el Ministerio de Ciencia e Innovación ha marcado como objetivo para 2030. Y no es solo cuestión de salir bien retratados en los indicadores. Ese 2,8% equivaldría a una inversión anual y sostenida de más de 45.000 millones en I+D, que se traduciría en mejores servicios públicos, propiciaría una industria más moderna y competitiva, generaría empleos cualificados y bien remunerados y nos consolidaría como un polo mundial de talento y conocimiento. En definitiva, nos proporcionaría un salto de calidad diferencial en términos de progreso y bienestar.
Innovación, una cuestión de Estado
Citando a otro clásico, dijo Dante Alighieri que “el secreto para que las cosas sean hechas está en hacerlas”. Para que la inversión empresarial se haga realidad, no basta con implorarla. Volviendo a nuestros embajadores, cuando en la particular ONU que es su organización puedan argumentar y demostrar que España se toma la innovación como una cuestión de Estado, florecen los proyectos fruto de la colaboración público-privada y las empresas, tanto foráneas como locales, encuentran marcos regulatorios estables y sistemas fiscales atractivos y predecibles en el tiempo, se sentirán imbatibles. Porque eso significará que nuestro país es imbatible.
La buena noticia es que, a pesar de los hándicaps que aún tenemos, no pocas veces lo hemos sido. Este año, IBM ha inaugurado en San Sebastián el superordenador cuántico más potente de Europa; hace ahora 40 años, HP abrió su planta en Sant Cugat, que hoy es el principal centro de I+D de la compañía fuera de Estados Unidos; Ericsson lleva más de un siglo en España y, entre otros hitos, desarrolla en Madrid la tecnología que gestiona el 40% de las comunicaciones móviles que se realizan en el mundo. Y podríamos citar a compañías de otros sectores, que han convertido España en su principal polo de innovación e investigación. Estos son los proyectos que nos elevan a otra dimensión. Y las mejores políticas serán las que los favorezcan. Las multinacionales vienen realizando entre el 35% y el 40% de la inversión privada en I+D que se hace en nuestro país. Y vengan de donde vengan estas empresas, esa innovación es española y genera riqueza, conocimiento y empleo en España.
Volviendo a Miguel Ángel, también advirtió de que el peligro no es ponerse una meta demasiado alta y no alcanzarla, sino que sea demasiado baja y la consigamos. Seamos ambiciosos. Merece la pena mirar alto, porque todo lo que nos acerquemos, lo ganaremos todos y lo ganará nuestro país.









