Tras varios años de aceleración tecnológica, nuevas exigencias regulatorias y una creciente profesionalización del cibercrimen, las organizaciones entran en una etapa en la que la seguridad ya no depende solo de herramientas, sino de una visión estratégica integral. Tres fuerzas marcarán este nuevo escenario: la automatización impulsada por la IA, el papel central de la identidad digital y la capacidad de anticiparse mediante inteligencia de amenazas

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La irrupción del malware autónomo impulsado por IA
La primera tendencia es la llegada del malware de IA, capaz de observar su entorno, modificar su comportamiento y ejecutar acciones en cadena sin intervención humana. Este salto cualitativo convierte cada ciberataque en un proceso flexible: si una ruta falla, el propio malware buscará otra. Veremos campañas que integran movimientos laterales autónomos, reconocimiento automático y explotación dinámica de vulnerabilidades recientes.
Para las organizaciones, la respuesta pasa por defensas igualmente automatizadas, capaces de correlacionar señales, IoCs (indicadores de compromiso) y TTP (tácticas, técnicas y procedimientos) en tiempo real y actuar de forma inmediata, reduciendo la ventana de exposición y frenando ataques antes de que escalen. La adopción de inteligencia de amenazas deberá ser algo crítico en las estrategias de defensa.
La identidad como nuevo campo de batalla
La segunda tendencia estará marcada por una evolución profunda en el fraude y la ingeniería social. La obtención de simples credenciales dará paso a ataques dirigidos contra elementos de identidad más complejos: biometría, firmas electrónicas o verificaciones de voz, especialmente a medida que más procesos dependen de validaciones remotas.
2026 no será un año con necesariamente más ciberataques, sino con ataques más autónomos, más creíbles y más complejos de rastrear
En paralelo, el mercado clandestino seguirá profesionalizándose con la aparición de deepfakes as a service. Esto permitirá que actores con poca experiencia técnica ejecuten campañas de suplantación altamente creíbles: entrevistas laborales simuladas, fraudes a proveedores, contactos falsos de directivos o manipulaciones en procesos de contratación y pago. Proteger la identidad corporativa exigirá autenticación reforzada, verificación activa de las comunicaciones y un verdadero enfoque Zero Trust, donde nada se dé por válido sin comprobaciones adicionales.
Consolidación del modelo de defensa gestionada
La tercera tendencia será la expansión de los modelos de seguridad gestionada. La mayor sofisticación de las amenazas hará que incluso organizaciones con equipos consolidados vean limitada su capacidad para responder solas. Esto acelerará la adopción de servicios MDR y MXDR, impulsados tanto por la necesidad de cobertura continua como por la complejidad de las infraestructuras híbridas, multicloud y los entornos OT.
Estos modelos permiten detectar señales tempranas, frenar ataques en fases iniciales y reducir el impacto operativo. A ello se sumará una mayor integración tecnológica: XDR, inteligencia de amenazas, gestión de vulnerabilidades y visibilidad de la superficie de ataque convergerán en plataformas unificadas capaces de ofrecer una imagen completa del riesgo.
Un 2026 marcado por la anticipación
Todo ello ocurrirá en un contexto de creciente presión regulatoria. Normativas como NIS2, DORA o la Ley de Protección de Infraestructuras Críticas exigirán pasar de un enfoque reactivo a uno basado en madurez operativa continua, donde la resiliencia -y no solo la protección- se conviertan en el eje central.
2026 no será un año con necesariamente más ciberataques, sino con ataques más autónomos, más creíbles y más complejos de rastrear. Y la respuesta no pasa por acumular soluciones, sino por comprender la amenaza, automatizar la defensa, proteger la identidad y apoyarse en inteligencia especializada. La ciberseguridad será, más que nunca, un ejercicio de anticipación.







