Durante mucho tiempo se ha hablado del dato como si fuera un recurso inerte, un subproducto de la actividad digital que se podía almacenar sin demasiada reflexión. Pero la realidad que afrontamos al entrar en 2026 es muy distinta: el dato se ha convertido en un activo tan determinante para la competitividad como la energía o el talento. Es también un factor de resiliencia, de seguridad y, cada vez más, de soberanía tecnológica. España llega a este momento con una posición privilegiada, pero con la urgencia de consolidar una infraestructura capaz de sostener todo lo que viene.
Teniendo en cuenta que la adopción de la inteligencia artificial ya es transversal, con un 81% de organizaciones desplegando o escalando proyectos a nivel global, los datos también son especialmente relevantes: el 79% teme que la mala calidad de los datos genere modelos defectuosos o conclusiones sesgadas, de acuerdo con NetApp.
Infraestructura Inteligente de Datos
Para que la IA funcione, debe asentarse sobre lo que llamamos una Infraestructura Inteligente de Datos, capaz de llevar la inteligencia allí donde residen los datos. De esta forma, es posible unificar los datos, aplicar servicios para comprender y proteger su evolución y asegurar una implementación fluida de aplicaciones en cualquier entorno.
Este cambio es visible también en ciberseguridad, donde el dato se ha convertido en la última línea de defensa. Con ataques de ransomware afectando a empresas cada pocos segundos en todo el mundo, las organizaciones han asumido que la rapidez de recuperación es tan decisiva como la prevención: la posibilidad de detectar comportamientos anómalos mediante inteligencia artificial integrada en el propio almacenamiento, generar copias inmutables o restaurar sistemas en cuestión de minutos redefine por completo su resiliencia. Porque proteger el dato en todas sus fases, formatos y ubicaciones es, hoy más que nunca, proteger la capacidad de seguir operando mañana.
Para 2026, solo espero que se deje de medir la innovación por la cantidad de datos generados y se empiece a hacer por la calidad de las decisiones que esos datos permiten tomar
La sostenibilidad añade otra capa de complejidad. La IA se ha posicionado como la herramienta de preferencia para alcanzar estos objetivos, pero, al mismo tiempo, incrementa el consumo eléctrico y la presión sobre los centros de datos. Ante este escenario, vemos necesario reducir el llamado ‘desperdicio digital’: determinar qué datos se están utilizando, qué datos se pueden descartar y dónde deben almacenarse para maximizar su eficiencia.
Mientras tanto, Europa avanza hacia marcos regulatorios más exigentes y obliga a las organizaciones a garantizar la trazabilidad, la seguridad y la residencia del dato. La respuesta no puede ser improvisada. De hecho, uno de nuestros últimos estudios con IDC muestra que las empresas más maduras en IA han aumentado sus ingresos en un 24% y reducido en un 25% sus costes en comparación con aquellas que no han modernizado su infraestructura. No es sorpresa: el 84% de las organizaciones admite que su almacenamiento aún no está optimizado para la IA, señal de que todavía queda camino por recorrer.
El siguiente activo necesario es la confianza. Que el 98% de nuestros clientes recomiende a NetApp (de acuerdo con Gartner) es un indicador de hasta qué punto la infraestructura condiciona el éxito o el fracaso de cualquier transformación digital.
Para 2026, solo espero que se deje de medir la innovación por la cantidad de datos generados y se empiece a hacer por la calidad de las decisiones que esos datos permiten tomar. Las organizaciones que aprendan a gobernarlos, protegerlos y activarlos crecerán en competitividad y, además, ayudarán a definir el papel que España y Europa jugará en la economía inteligente que ya se está configurando.









