OPINIÓN

El nuevo tablero regulatorio europeo: Por qué la identidad digital ya no es opcional



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Iniciativas como AMLR, DORA, eIDAS o la futura CCD2 no solo introducen nuevas reglas, sino que, en conjunto, apuntan hacia un mismo objetivo: construir un entorno digital más fiable, interoperable y preparado para escalar

Publicado el 18 may 2026

Esteban Morrás

Director General de Veridas en España



Identidad digital

Durante años, muchas empresas han vivido la regulación como algo que había que “resolver” cuanto antes para poder centrarse en lo importante: crecer, vender, innovar. El compliance estaba ahí, pero rara vez formaba parte de la conversación estratégica.

Sin embargo, el momento actual en Europa invita a replantear esa visión. Más que un obstáculo, la nueva ola regulatoria parece estar configurando un marco que aporta claridad, coherencia y, en muchos casos, nuevas oportunidades de desarrollo.

No es una percepción aislada. Por ejemplo, el informe Global Digital Trust Insights de PwC, elaborado a partir de miles de entrevistas a directivos a nivel global, muestra cómo la gestión del riesgo, la ciberseguridad y el cumplimiento normativo se han convertido en prioridades estratégicas para la alta dirección, directamente vinculadas al crecimiento y a la resiliencia del negocio.

Iniciativas como AMLR, DORA, eIDAS o la futura CCD2 no solo introducen nuevas reglas, sino que, en conjunto, apuntan hacia un mismo objetivo: construir un entorno digital más fiable, interoperable y preparado para escalar. A fin de cuentas, toda interacción digital se reduce a una cuestión sencilla: saber quién está al otro lado y poder confiar en él.

De la fragmentación a un mercado más operativo

Uno de los cambios más relevantes que se anticipan en los próximos años es la progresiva armonización normativa en la Unión Europea. El AMLR, con aplicación prevista en 2027, avanza precisamente en esa dirección, reduciendo las diferencias regulatorias entre países en materia de prevención de blanqueo de capitales.

Este proceso de homogeneización no es menor. Permite a las empresas diseñar procesos de identificación y verificación que pueden replicarse, sin necesidad de rediseñarlos desde cero en cada país. En paralelo, la evolución del marco eIDAS contribuye a consolidar estándares comunes de identidad digital, definiendo niveles de garantía que permiten operar con mayor seguridad jurídica y técnica en entornos digitales.

Si ambos marcos continúan desarrollándose en esta línea, todo apunta a un escenario en el que la regulación no solo ordene, sino que también facilite la operativa y la expansión a escala europea.

Este avance hacia un marco más homogéneo no solo impacta en la capacidad de las empresas para operar en distintos mercados, también empieza a redefinir cómo se construyen las relaciones digitales, donde la confianza, la experiencia y la transparencia dejan de ser elementos independientes para formar parte de una misma ecuación.

La confianza como nueva infraestructura digital

Durante mucho tiempo, seguridad y experiencia de usuario han parecido objetivos difíciles de conciliar. A más controles, más fricción; a menos fricción, más riesgo.

Sin embargo, los avances tecnológicos y la evolución regulatoria están empezando a matizar esta idea. Hoy es posible plantear procesos de verificación que combinan altos niveles de seguridad con experiencias ágiles y prácticamente inmediatas, especialmente en procesos de onboarding digital. En este contexto, la confianza deja de ser un elemento abstracto y empieza a construirse de forma tangible en cada interacción.

Aquí es donde la transparencia adquiere un papel especialmente relevante. En este sentido, el reglamento europeo DORA refuerza la capacidad de las empresas para supervisar a sus proveedores tecnológicos, facilitando auditorías y un mayor acceso a la información sobre cómo operan sus sistemas.

Este enfoque introduce un cambio importante: no basta con que la tecnología funcione, es necesario entender cómo funciona. Y eso está elevando el estándar del sector hacia soluciones más trazables, auditables y con mayor control sobre su propio desarrollo.

La inmediatez como parte del negocio

Al mismo tiempo, el mercado continúa evolucionando con rapidez. En el sur de Europa, el crecimiento del crédito al consumo y de modelos como el «Buy Now, Pay Later» refleja cambios en las necesidades de los usuarios y en su relación con el consumo.

La futura Directiva CCD2 introduce un marco más definido para estas operaciones, alineando la protección del usuario con la agilidad que exige el mercado. Esto refuerza una idea cada vez más presente: la identificación del cliente y la evaluación de su solvencia deben integrarse de forma natural en la experiencia, sin generar interrupciones.

En este punto, la identidad digital no solo facilita el cumplimiento normativo, sino que se convierte en un elemento directamente vinculado a la conversión. La capacidad de verificar a un usuario de forma fiable y en tiempo real puede marcar la diferencia entre completar una operación o perderla.

Reducir el error, reforzar la confianza

En este nuevo entorno, la precisión en la identificación adquiere una relevancia creciente. Una verificación robusta no solo contribuye a prevenir el fraude, sino que también ayuda a evitar situaciones complejas desde el punto de vista legal y reputacional. Desde errores en la gestión del cliente hasta posibles sanciones asociadas a procesos incorrectos.

Reducir ese margen de error no es solo una cuestión técnica. Es una forma de reforzar la confianza en cada interacción digital y de proteger la relación a largo plazo entre empresas y usuarios.

Una oportunidad que va más allá del cumplimiento

Probablemente, uno de los cambios más interesantes es que la identidad digital está empezando a salir del ámbito puramente técnico para entrar en la conversación estratégica. Ya no se trata únicamente de cómo verificar a un usuario, sino de cómo hacerlo de forma que permita operar con seguridad, generar confianza y escalar en un entorno cada vez más conectado.

Europa está avanzando hacia un modelo más coherente y estructurado. Y, como suele ocurrir, estos cambios no solo requieren adaptación, sino que también abren nuevas oportunidades para quienes saben interpretarlos.

Porque, en el fondo, digitalizar procesos sin resolver la identidad es construir sobre una base incompleta. Y en un contexto donde cada vez más decisiones ocurren en segundos y a distancia, contar con una identidad fiable deja de ser una opción para convertirse, simplemente, en el punto de partida.

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