Durante años, la transformación tecnológica significaba implantar sistemas, integrar datos y estandarizar procesos para ganar escala. Hoy el tablero ha cambiado. La tecnología, y especialmente la inteligencia artificial, está desplazando el valor desde la capacidad de ejecución hacia la consecución de objetivos de negocio medibles. Eso exige aportar criterio sobre dónde, cuándo y cómo aplicar la tecnología.
El midmarket es una escuela exigente de pragmatismo. Son organizaciones que operan con recursos finitos, presión constante por resultados y poco margen para proyectos interminables
SERGI BIOSCA, SEIDOR
La consultoría tecnológica entra en una nueva etapa. No porque el modelo haya dejado de funcionar, sino porque el contexto empresarial ha cambiado más rápido que sus reglas de juego. Durante décadas, el valor se construyó alrededor de la escala, la ejecución y la estandarización. Ese enfoque respondía a un momento en el que desplegar tecnología a gran escala era el principal reto. Funcionó. Y funcionó bien. Pero hoy ya no basta para explicar dónde se genera el valor diferencial.
La magnitud del cambio es difícil de ignorar. Según estimaciones de IDC, uno de los principales analistas independientes del sector tecnológico, el impacto económico acumulado de la inteligencia artificial podría alcanzar hasta 17,9 billones de euros en el PIB mundial hasta 2030, lo que equivaldría aproximadamente a un 3,5 % del PIB global en ese horizonte. No se trata de una promesa lejana, sino de un desplazamiento real en la forma en que las organizaciones crean valor.
La inteligencia artificial ha alterado las reglas del juego porque ha cambiado dónde está el verdadero valor. Automatiza tareas que hasta hace poco justificaban semanas de trabajo, acorta el camino entre la información y la acción y hace que ejecutar sea cada vez más accesible. Cuando ejecutar ya no depende exclusivamente del tamaño de los equipos, lo verdaderamente diferencial pasa a ser priorizar bien qué hacer con esa capacidad y traducirla en resultados tangibles para el negocio.
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Cuando la escala deja de ser una ventaja
Durante años, la consultoría tecnológica fue el engranaje que permitió a las organizaciones adoptar software, implantar sistemas de gestión y estructurar su crecimiento. Grandes estructuras, metodologías robustas y capacidad de despliegue masivo respondían a un momento en el que la prioridad era llegar, estandarizar y escalar. Ese contexto explica el éxito del modelo. Pero no garantiza su vigencia en un entorno marcado por la velocidad, la complejidad y la exigencia de impacto.
Este desplazamiento no es una percepción subjetiva. Las organizaciones siguen incrementando el gasto tecnológico, pero muchas no consiguen traducirlo en ventajas competitivas sostenibles. El reto ya no es la ambición ni la disponibilidad tecnológica, sino la capacidad de convertir esa inversión en decisiones acertadas y, sobre todo, en resultados de negocio verificables.
En sectores intensivos en conocimiento como la consultoría, esta tensión se hace especialmente visible. Las herramientas se adoptan con rapidez y ciertas capacidades se generalizan, pero el impacto diferencial no crece al mismo ritmo.
Cuando ejecutar deja de ser el principal cuello de botella, el valor se desplaza hacia aquello que sigue siendo escaso, como el criterio, la experiencia aplicada y la capacidad de priorizar en contextos complejos.
El aprendizaje del midmarket
El midmarket es una escuela exigente de pragmatismo. Son organizaciones que operan con recursos finitos, presión constante por resultados y poco margen para proyectos interminables. En ese entorno, cada decisión pesa y cada desviación se nota rápido. No hay espacio para la sobreingeniería ni para estructuras sobredimensionadas. Lo que no aporta valor se corrige o se detiene.
Trabajar en este contexto ha moldeado una forma de hacer consultoría especialmente relevante en el momento actual. Una forma basada en el foco en el impacto, la especialización aplicada, la cercanía real al negocio y el acompañamiento sostenido en la toma de decisiones. Antes de automatizar, conviene entender. Antes de escalar, priorizar. Y antes de incorporar inteligencia artificial, hacerse preguntas muy concretas sobre el diseño de los procesos, la calidad de los datos y los riesgos asociados al cambio.
Esta lógica no se limita al midmarket. La experiencia acumulada en entornos donde el impacto debe ser rápido y medible es precisamente lo que hoy necesitan muchas grandes organizaciones, inmersas en transformaciones complejas y sometidas a una presión creciente por demostrar resultados.
Diversos trabajos recientes sobre productividad e inteligencia artificial apuntan en esta dirección. Cuando lo repetitivo se acelera, la ventaja competitiva se desplaza hacia la calidad de las decisiones y la capacidad de sostenerlas en el tiempo.
Confianza, criterio y responsabilidad
En este cambio de ciclo, la consultoría tecnológica recupera algo esencial. La confianza de largo plazo. No como consigna, sino como práctica cotidiana. Confianza para decir “no” cuando algo no aporta valor, para corregir a tiempo y para asumir responsabilidad sobre el impacto generado.
El futuro de la consultoría no pasa por hacer más, sino por hacer mejor. Mejor criterio, mejor foco y mejor gobierno de decisiones complejas. La cuestión ya no es si la consultoría seguirá siendo relevante, sino qué tipo de consultoría estará preparada para acompañar de verdad a las organizaciones en este nuevo escenario.







