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¿Cómo definirías la “relación emocional” entre humanos e IA desde una perspectiva académica?
La definiría como un vínculo afectivo diseñado. No nace de una reciprocidad entre dos personas, sino de una interacción en la que la IA parece comprender, recordar y cuidar, aunque en realidad devuelva una versión calculada de nuestros deseos y expectativas.
¿Existe el riesgo de que prefiramos vínculos con IA frente a relaciones humanas más complejas? ¿Podría esto derivar en una “comodificación” de las relaciones emocionales?
Sí, porque la IA reduce la fricción, la ambigüedad y el conflicto, que son parte constitutiva del vínculo humano. Cuando la intimidad se vuelve suscripción, memoria premium o continuidad de servicio, el afecto entra de lleno en la lógica del mercado.
¿Estamos delegando parte de nuestra autoevaluación emocional a sistemas algorítmicos?
En parte, sí. Cuando buscamos en estos sistemas validación, consuelo o confirmación constante, parte de la lectura de cómo estamos pasa a depender de una máquina que nos refleja y nos reafirma.
Durante cinco años tuve un microchip NFC implantado en la mano izquierda. Con él podía almacenar datos dentro del cuerpo y enviarlos a un smartphone
¿Estamos viendo ya cambios en la forma en que se construyen vínculos afectivos?
Sí, y no como promesa futura, sino como práctica presente. La memoria conversacional de la IA generativa, la disponibilidad total y la validación social en redes están rehaciendo el modo en que algunas personas entienden intimidad, compañía y presencia.
Tu investigación aborda el concepto de “vida digital después de la muerte”. ¿En qué consiste exactamente?
Consiste en pensar una continuidad post mortem no biológica, sino algorítmica. No es inmortalidad en sentido clásico, sino una persistencia hecha de datos, trazas y capacidad de respuesta, una especie de presencia recursiva tras la muerte.
¿Qué son los thanabots y por qué están ganando relevancia?
Los thanabots son sistemas entrenados con los datos de una persona fallecida para simular su forma de hablar, recordar y responder. Ganan relevancia porque convierten el duelo en interacción y porque hoy dejamos suficientes huellas digitales como para fabricar una presencia que parece volver.
También investigas los llamados “interfaceable bodies”. ¿Cómo definirías este concepto?
Son cuerpos transformados por tecnologías implantadas que ya no solo usan interfaces, sino que se convierten en interfaz. El cuerpo deja de ser mero soporte y pasa a comunicarse de forma directa con dispositivos, datos y sistemas. En mi caso, por ejemplo, durante cinco años tuve un microchip NFC implantado en la mano izquierda. Con él podía almacenar datos dentro del cuerpo y enviarlos a un smartphone. Ese uso de la tecnología formó parte de mi tesis doctoral y también de la línea de investigación que llevo publicando desde hace casi diez años.
¿Estamos ante una redefinición del cuerpo humano como plataforma tecnológica?
Sí. En ciertos contextos, el cuerpo empieza a pensarse como una plataforma actualizable, capaz de alojar, transmitir y procesar datos. Ya no aparece solo como límite biológico, sino como superficie de mejora, integración y control.
¿Estamos preparados, como sociedad, para gestionar estas transformaciones?
No del todo. La técnica avanza más rápido que nuestros marcos éticos, legales y simbólicos, y eso abre preguntas sobre duelo, dependencia, desigualdad, estigma y hasta sobre qué seguimos llamando humano.
FAQ
1. ¿Qué es un thanabot?
Un sistema de IA entrenado con los datos de una persona fallecida para simular su forma de hablar, recordar y responder, generando una sensación de continuidad tras la muerte.
2. ¿Por qué están ganando relevancia?
Porque combinan dos factores actuales: la enorme cantidad de huella digital que dejamos y la capacidad de la IA para convertir esos datos en interacciones que parecen vivas, transformando el duelo en experiencia interactiva.
3. ¿Qué implicaciones emocionales tienen?
Pueden ofrecer consuelo, pero también desplazar procesos naturales del duelo al sustituir la ausencia por una presencia simulada, potencialmente generando dependencia o distorsión emocional.
4. ¿Qué dilemas éticos plantean?
Cuestiones sobre consentimiento post mortem, propiedad de los datos, comercialización del afecto y los límites entre memoria, simulación e identidad.










