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Entrenar en la era de la IA: cuando aprender empieza por practicar


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La llegada de la inteligencia artificial plantea una pregunta: si una máquina puede explicar cualquier proceso en segundos, ¿seguimos necesitando que la formación consista principalmente en explicar?

Publicado el 29 oct 2026

Mario García Lainez

Director de Soluciones IA Aplicada de Intelcia



IA



Durante décadas, formar a un profesional ha significado, en buena medida, trasladarle información: explicar procedimientos, compartir documentación, mostrar ejemplos y comprobar después cuánto conocimiento ha sido capaz de retener. Pero la llegada de la inteligencia artificial plantea una pregunta: si una máquina puede explicar cualquier proceso en segundos, ¿seguimos necesitando que la formación consista principalmente en explicar?

La cuestión es especialmente relevante en un momento en el que la IA está haciendo que acceder a la información sea cada vez más sencillo. Un profesional puede consultar un procedimiento, resolver una duda o pedir una explicación prácticamente en tiempo real. En este contexto, el valor de la formación debería estar cada vez menos en acumular contenidos y más en aprender a aplicar el conocimiento cuando las circunstancias cambian. Y ahí es donde el roleplay adquiere una nueva dimensión.

De memorizar respuestas a enfrentarse a situaciones

Una de las limitaciones de la formación tradicional es la distancia entre aprender algo y saber utilizarlo. Podemos conocer un procedimiento y, sin embargo, tener dificultades para aplicarlo cuando aparece una situación que no estaba prevista.

Esto es especialmente evidente en trabajos que requieren interacción, toma de decisiones o capacidad de adaptación. Saber qué responder no es lo mismo que hacerlo cuando aparece una objeción inesperada, una conversación complicada o un escenario que no estaba en el manual. El roleplay intenta precisamente cerrar esa brecha: aprender haciendo.

Hasta ahora, esta metodología dependía en gran medida de que otra persona asumiera el papel de interlocutor, lo que hacía que practicar situaciones complejas fuese difícil de escalar. La IA puede cambiar esta dinámica al generar interlocutores capaces de adaptar una conversación a las respuestas de la persona que está entrenando.

La diferencia es importante: un cuestionario comprueba si alguien conoce la respuesta correcta; una simulación puede mostrar qué hace cuando no sabe cuál es la respuesta correcta.

Un espacio seguro para equivocarse

El verdadero potencial de estas herramientas no está en sustituir al formador por un avatar, sino en crear un entorno seguro para equivocarse.

En el mundo real, un error puede tener consecuencias. En una simulación, equivocarse forma parte del aprendizaje. La IA permite multiplicar esas oportunidades de práctica, introducir diferentes niveles de dificultad y adaptar los ejercicios a las necesidades de cada persona.

Esto abre además la puerta a una formación más continua. El profesional no tendría que esperar a encontrarse con una situación compleja para enfrentarse a ella por primera vez: podría practicarla, repetirla y recibir orientación antes de trasladarla al entorno real.

El factor humano sigue siendo imprescindible

Pero aquí aparece un reto importante: asumir que una evaluación realizada por una IA es automáticamente objetiva sería un error.

Una inteligencia artificial evalúa en función de los criterios con los que ha sido diseñada. Puede detectar patrones con gran rapidez, pero también puede interpretar mal un contexto o dar demasiado peso a determinados indicadores.

Por eso, el objetivo debería ser utilizar la tecnología para aportar más información al proceso de aprendizaje y permitir que los formadores se concentren en aquello que requiere contexto, experiencia e interpretación.

Esto también cambiará el papel del formador. Si la IA puede explicar conceptos, generar ejercicios o simular conversaciones, el valor del profesional estará cada vez más en diseñar experiencias de aprendizaje, interpretar resultados y acompañar la evolución de las personas.

Aprender para un mundo que cambia

La transformación es relevante por una razón adicional: si la tecnología cambia rápidamente los procesos, las herramientas y los propios puestos de trabajo, formar a alguien una sola vez ya no es suficiente.

La capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender se convierte en una competencia profesional en sí misma. La IA puede acelerar ese proceso, pero no sustituye la responsabilidad de definir qué conocimientos son relevantes y qué capacidades necesitan desarrollar las personas.

Por eso, el debate sobre IA y formación no debería reducirse a una cuestión de eficiencia. No se trata únicamente de formar a más personas en menos tiempo, sino de prepararlas mejor para situaciones que todavía no conocemos.

El roleplay inteligente puede ser una de las herramientas para conseguirlo. No porque vaya a sustituir al aula, al formador o a la experiencia real, sino porque permite practicar una y otra vez antes de que llegue el momento de hacerlo de verdad.

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